Índice. Historiadores en la era Digital:

El impacto de Internet en el oficio de historiar

¿Qué es la Historia Digital?

Problemas de Internet como fuente histórica

A modo de reflexión

Recursos y Fuentes

Los orígenes de la Historia Digital se tienen que buscar en unos cuantos nombres de investigadores y centros pioneros impulsados, básicamente, por algunas universidades norteamericanas, como la George Mason University y su Center for History and New Media (CHNM), creado en 1994 en Fairfax, Virginia.

Bajo la consigna de democratizar la Historia, las primeras iniciativas destacaron por su faceta pedagógica, interdisciplinar y el mostrar cierta voluntad de fomentar la participación más allá del academicismo. Los trabajos llevados por este centro, por ejemplo, han girado desde la edición de portales temáticos sobre determinados hechos históricos, a la creación y/o potenciación de herramientas digitales para mejorar el trabajo historiográfico y pedagógico. Uno de los primeros proyectos del CHNM que adquirió cierta resonancia pública fue “Liberty, Equality, Fraternity. Exploring the French Revolution” (2001), un portal web de cariz divulgativo, con diferentes ensayos, imágenes, documentos digitalizados y otros contenidos, como líneas del tiempo, canciones, mapas o un glosario relacionado con la Revolución Francesa.

Otro hito importante para impulsar la nueva Historia Digital fue la creación del Virginia Center for Digital History (VCDH) en 1998 en Charlottesville. Dependiendo de la University of Virginia y con figuras destacadas como Edward L. Ayers y William G. Thomas. Este centro se planteó con unas características similares al CHNM, centrando una parte importante de su acción en experimentar las posibilidades divulgativas y pedagógicas del WWW, ya fuese creando portales centrados en episodios históricos o diseñando y desarrollando nuevas herramientas y metodologías aplicables a la Historia Digital.
Dos de los primeros impulsores del VCDH, Douglas Seefeldt y William G. Thomas, en “What is Digital History?”, sitúan muy bien el motivo que hizo posible el inicio de sus investigaciones en este ámbito. Más allá de la necesidad de encontrar financiación, resultó capital para los primeros proyectos la aparición de fuentes digitalizadas y otros recursos en la red, siendo para ellos muy decisivos los casos de la Librería del Congreso o los Archivos Nacionales de los Estados Unidos, así como por la popularización de bases de datos bibliográficas, tales como JSTOR y otros recursos que se pusieron en manos de los historiadores. En este contexto, los pioneros en este ámbito digital fueron aquellos investigadores que no tenían miedo en usar y experimentar con las nuevas herramientas que los tiempos ponían a su alcance.
De hecho, antes de la creación del VCDH, la University of Virgina ya había potenciado la relación entre historia y nuevas tecnologías, como lo demostró la aparición del proyecto “The Valley of the Shadow” en 1993, tras evolucionar un proyecto previo de Edward L. Ayers de 1991, entonces encaminado a la edición de un libro con materiales interactivos en formato multimedia, pero después de trastear con el pionero navegador Mosaic y el WWW, sus impulsores decidieron crear un portal en la red. A finales de 1993 apareció el primer prototipo, hasta llegar al que tenemos hoy en día.
Era y es un proyecto todavía cercano al mero archivismo digital pero anunció ciertas características de la Historia Digital, puesto que la elección de la temática, en este caso la vida en dos condados americanos durante la Guerra Civil Americana, ya reflejaba muchos de los intereses de futuros proyectos, fundamentados en cierta promoción del auto-aprendizaje en base a una idea, unos documentos concretos, en definitiva un tópico o tema, el cual servía de excusa para desarrollar un proyecto de cariz pedagógico y/o divulgativo, ya fuera en un registro más científico o, preferentemente, más popular.
Una de los principales rasgos característicos de los proyectos sobre Historia Digital recae en la apuesta por una metodología más centrada en sugerir que en transmitir, en guiar en base a documentos seleccionados, breves introducciones sobre los mismos y el planteamiento de una serie de cuestiones a trabajar, que no en el mero traspaso de conocimientos magistral, ya que lo que se pretende es estimular las capacidades del internauta para conseguir sus propias interpretaciones a partir de las fuentes y medios que se han trabajado, es decir, que adquiera una competencia crítica e investigadora, más que reflexiva y pasiva.
A pesar de los esfuerzos de estos centros vinculados al mundo universitario y sus primeros proyectos divulgativos, mayoritariamente pensados como herramientas pedagógicas, no será hasta el año 2002 cuando la disciplina consiguió cierta estabilidad y reconocimiento. En el contexto del ataque de las torres gemelas en 2001, el CHNM, junto con el American Social History Project – Center for Media and Learning de la City University of New York (CUNY), así como con el impulso económico de la fundación Alfred P. Sloan, pusieron en marcha el “The September 11 Digital Archive”, el cual obtuvo un éxito insospechado.
Fue un interesante ejercicio pensado por historiadores ante un suceso de su presente que también nos enseña otra de las características de la Historia Digital más allá de atreverse a historiar también el tiempo cotidiano, como es el hecho de favorecer metodologías eminentemente colaborativas. El éxito que obtuvo recopilando testimonios y documentación relativa al suceso, gracias a la colaboración anónima y desinteresada de los mismos internautas, le ayudó a conseguir importantes fuentes de recursos económicos, así como, en un plano más genérico, dar relevancia y reconocimiento a la Historia Digital. Entre los miembros del primer ‘staff’ original destacaron nombres tan reconocidos de dicho ambiente como Roy Rosenzweig, Tom Scheinfeldt y Daniel Cohen por parte del CHNM o Greg Umbach por parte de la CUNY.
El proyecto del archivo-memorial sobre los ataques del 11 de septiembre empezó a dibujar una característica que será fundamental para conceptualizar lo que se conoce como Internet 2.0, que no sería otra cosa que la misma evolución de la red y el software que le da forma, potenciándose el efecto altavoz de la misma. Iniciativas como esta fueron un éxito de recopilación de fuentes y recuerdos populares alrededor de unos hechos. El protagonismo de la gente corriente ante el medio digital, el tránsito bidireccional de datos, en síntesis, el preludio de la eclosión del WWW más social quedó reflejado en la creación de aquel portal, del mismo modo que experiencias como la Wikipedia, creada en el año 2001, demostraban que la participación de las personas en la generación de conocimiento empezaba a ser diferente a sus equivalentes en soporte físico, puesto que la misma naturaleza descentralizada y abierta del medio digital permitió que, individualidades sin capacidad real de incidir en la generación de conocimiento en el mundo físico, pudiesen dejar su rastro en la red como generadores de contenidos de manera económica y masiva.
Los ejemplos anteriormente comentados son casos evidentes de lo que se conoce como ‘Crowdsourcing’, un enfoque metodológico que implica que entre el historiador profesional, grupo académico o persona formada y la comunidad de usuarios de un medio se establezca una relación que, básicamente, invita a la recogida de fuentes y análisis de las mismas de manera altruista y descentralizada.
En ese contexto de reconocimiento público de la Historia Digital, nuevas universidades apoyaron estas líneas, como fue la Stanford University, cuando creó en 2002 el Stanford History Education Group (SHEG). Centrado en la pedagogía de la historia, en poco tiempo el SHEG entró en relaciones con Roy Rosenzweig y el CHNM, con quienes, gracias a una inyección de 7,1 millones de dólares, iniciaron su camino de éxito en el ámbito más pedagógico de la Historia Digital; creando recursos educativos en la red para maestros y alumnado. De la colaboración entre el CHNM y el SHEG destacó el portal “Historical thinking matters”, ganador en 2008 del premio James Harvey Robinson de la American Historical Association por su extraordinaria ayuda a la enseñanza. El portal, a partir de la lectura de fuentes primarias, animaba a los estudiantes a hacer investigación y análisis críticos mediante las fuentes expuestas. Ejercicios directos y muy pensados en base a fuentes digitalizadas, o recursos de apoyo específicos para el profesorado, fueron los dos pilares del proyecto. Un modelo de éxito en crítica y premios que el SHEG ha continuado arrastrando hasta nuestros días.
La muerte prematura de uno de los más destacados historiadores digitales, Roy Rosenzweig, acaecida el 11 de octubre de 2007, podría haber sido un golpe duro de llevar, pero las incipientes iniciativas ligadas a la disciplina estaban ya bastante maduras, más todavía cuando en 2005, Rosenzweig conjuntamente a Daniel J. Cohen se encargaron de la edición, tanto digital como en formado papel, de “Digital History. A guide to gathering, preserving, and presenting the past on the web”, una guía o manual introductorio a la Historia Digital. Con consejos para realizar una bitácora digital, digitalizar fuentes, sobre enseñanza y aprendizaje con materiales digitales, bases de datos,  o como afrontar problemas con las fuentes digitales y su preservación, entre un largo etcétera de tópicos, demostraban el nivel de madurez que había logrado esta rama de la Historia o, incluso, nueva disciplina, la cual según los autores de tan célebre libro, ante todo, pensaban que “sería un grave error ceder este nuevo medio a intereses comerciales o de ‘techies’. Con seguridad un amplio abanico de historiadores -ya sean profesores o estudiantes, del ámbito público o académico, profesionales o forofos- necesitan hacer sentir su voz en la web. Cada cual de nosotros tiene la responsabilidad de asegurar que la nueva historia digital sea una historia democrática, una que refleje muchas voces diferentes del pasado y del presente, que aliente a todo el mundo a participar, a escribir sus propias historias”
El “gran clásico” de la Historia Digital
Otro hito notable de la Historia Digital fue una aparente provocación llamada “Hacking the Academy”, urdida en el ‘THATCamp‘ del año 2010. El resultado final fue una compilación de unas doscientas aportaciones divididas en varios temas y recopiladas gracias al método del crowdsourcing. En el fondo no fue nada más que un portal en la red con un índice temático, el cual conectaba con todas las aportaciones recibidas (básicamente entradas de bitácoras). Detrás de esta iniciativa estuvo nuevamente el CHNM. Si analizamos superficialmente la nómina de colaboradores e impulsores, aparecen nombres conocidos, tales como Daniel J. Cohen o Tom Scheinfeldt, pero también una serie de voces que representan posiblemente a la vertiente más amateur de la historiografía, en formación académica o, a pesar de su formación, no integrada dentro del sistema universitario después de la graduación o haberse doctorado. Las aportaciones son diversas, incluso a veces contradictorias, pero fueron una muestra de la fuerza y vitalidad que adquiría la Historia Digital.
Entrados ya a la década de los ‘10 del siglo XXI el crecimiento de centros y departamentos con historiadores digitales ha sido constante. Universidades como la de Stanford, además de sus innovaciones en el ámbito de la didáctica de la Historia con el SHEG, ha promocionado gracias al ‘Center for Spatial and Textual Analysis’ (CESTA) un laboratorio interdisciplinar de ideas, en el cual destacan algunos proyectos muy relacionados con la Historia, las Humanidades y las Ciencias Sociales, como es el “Spatial History Project”. Sólo hay que dar un vistazo a algunas de sus propuestas para apreciar la naturaleza innovadora del centro dirigido por Zephyr Frank: potenciamiento de iniciativas de crowdsourcing como el portal Historypin, creación de mapas históricos interactivos, temáticos sobre la comunidad china en la construcción de la red ferroviaria americana, o incluso la búsqueda de precedentes de metodologías “digitales” en el siglo XIX.
De este modo, pese a lo difícil que resultó en sus inicios, la Historia Digital se ha integrado perfectamente en el mundo académico, cuanto menos en aquel bajo dominio anglófono. De las universidades pioneras como Stanford, George Mason o Virginia, se han sumado otras como las de Connecticut, Toronto, Nebraska-Lincoln, Bristol, Yale, la City University of New York, e incluso en Umea, Suecia, con su ‘HUMlab’ (un laboratorio de humanidades digitales) y en otros lugares de Europa y Australia, departamentos y universidades fomentan estas propuestas.
Y si los centros universitarios aumentan, los investigadores e investigadoras interesados por la materia se pueden encontrar ya en muchos lugares del mundo, como también una fuerte comunidad de diletantes de la Historia que utilizan el web para difundir o ayudar en investigaciones, manteniendo muy a menudo contactos estrechos con el mundo académico. Un fenómeno que desde diferentes análisis se define como la emergencia de una ‘Public History’, la cual aplica un modelo generador de conocimientos de complexión eminentemente horizontal y rupturista, hasta cierto punto, con el viejo modelo academicista.

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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