Índice. Historiadores en la era Digital:

El impacto de Internet en el oficio de historiar

¿Qué es la Historia Digital?

Problemas de Internet como fuente histórica

A modo de reflexión

Recursos y Fuentes

Más allá de reconocer o no la existencia de una nueva rama del conocimiento llamada Historia Digital, se tiene que reconocer que aquellos que se han reclamado parte de ella, con errores, pero también con muchos aciertos, han sido pioneros al aplicar la disciplina histórica a las posibilidades de las TIC e Internet en particular.

Sin su esfuerzo mucho trabajo en este ámbito estaría todavía para hacer, pero la misma realidad actual, con jóvenes nativos digitales doctorándose como historiadores, hace difícil mantener que la Historia Digital es algo diferente a la Historia. Resultaría más acertado defender que, en el contexto tecnológico actual, los historiadores e historiadoras tendrían que ser “digitales”, conociendo y empleando herramientas y metodologías para trabajar adecuadamente en este medio en permanente cambio. Roy Rosenzweig, Edward Ayers, William Thomas, Daniel Cohen u Orville Vernon fueron pioneros en abrir una puerta a un nuevo medio, pero este, por la misma evolución de la sociedad, ya está rodeando a todo el gremio. Un hecho que desde la misma Historia Digital como especialidad se constata, por ejemplo cuando uno de sus representados más destacados, Tom Scheinfeldt, en su blog Found History aseguraba que nos teníamos que “dejar de preocupar sobre la definición de las HD [Humanidades Digitales], puesto que al fin y al cabo estas se fundamentaban más en una praxis abierta e interdisciplinar, más cercana a una comunidad en red, que no una mera discusión teórica académica.

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Una de las características más destacadas de Internet es su naturaleza cambiante, un hecho que también comporta algunas problemáticas. Sin esta idea de cambio y una actitud abierta, resultará improductiva cualquier iniciativa que busque implementar algo viable en el ámbito de la Historia Digital. En este sentido, sólo habría que recordar las palabras del pasado enero de 2014 en el ‘World Economic Forum’ de Davos, Suiza, del antiguo CEO de Google, Eric Schmidt’s, cuando aseguró que Internet en los próximos años desaparecería, pero en el sentido que gracias a la domótica o los dispositivos wearables, se crearía una situación donde la red, de manera permanente y de una manera naturalizada, nos rodearía de manera taimada, integrándose en nuestro día a día de manera inconsciente. Es decir, más que una desaparición, lo que viviremos será una tecnología que irá más allá del estricto ámbito de los ordenadores y dispositivos concretos, como los teléfonos, las tabletas o los relojes inteligentes. En otras palabras, el directivo de la conocida empresa de Mountain View lo que constató es que gracias a la futura popularización del Internet of Things (IoT o Internet de las cosas), la red nos rodeará por todas partes.

Un mundo todavía en desarrollo pero que se implanta inexorablemente, así como la futurible web semántica, la cual incorporaría ciertos puntos interesantes en el enfoque del WWW, puesto que en cierto modo se centrará en crear un lenguaje que las aplicaciones informáticas puedan entender, todo ello mediante la incorporación de marcadores a las páginas web que puedan ser entendidos por determinado software, los llamados agentes inteligentes. El resultado teórico de esto sería una web mucho más precisa y accesible de consultar, puesto que entre el humano y la máquina se establecería una relación más directa. En otras palabras, y en sentido metafórico, una web que nos entienda lo que le preguntemos sin necesidad de poner filtros en las consultas, como a día de hoy se tiene que hacer.

Mirando igualmente a un futuro cercano, quisiera destacar una de las tecnologías futuras con más hipotéticas posibilidades para nuestro medio, como es la relacionada con la realidad virtual, puesto que solucionaría una de las dificultades que nos encontramos con las fuentes digitalizadas, como es la pérdida de ciertas impresiones que se reciben cuando se consultan físicamente. Es decir, un periódico digitalizado pierde parte de la información originaria, puesto que su formato, el tipo de papel empleado u otros aspectos pierden su materialidad, comportando así una pérdida de datos que a priori sólo se podrían encontrar gracias a su consulta física. Y si este efecto es pronunciado en un simple periódico, si tratamos fuentes de cariz artístico o arqueológicas, todavía se acentúa más. Ahora bien, si hipotéticamente se aplicara la incipiente tecnología de visores y cascos de realidad virtual al ámbito de la Historia, podríamos defender que se mejoraría la experiencia del usuario en la consulta de fuentes. De hecho, una de las características más interesantes de esta tecnología es el grado de inmersión que se consigue, puesto que el usuario de uno de estos aparatos tiene la sensación de estar presente dentro del mundo virtual programado. Si la visita virtual de un campo de concentración o un museo en el web ya puede resultar provechosa, es fácil imaginar lo que podría significar si esta visita consigue un grado de inmersión que nos acercara mucho a la misma sensación que se tendría físicamente en el lugar en cuestión. Y puestos a imaginar, por qué no recrear momentos históricos claves o interesantes, como presenciar virtualmente la toma de la Bastilla, la ejecución de los Mártires de Chicago, el desembarco de Normandía o la primera huella de la humanidad en la Luna.

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Otro aspecto de vital importancia para el academicismo es entender a aquellos que nutren a la llamada Historia Pública, en principio compuesta por aquellas personas que generan contenido y discurso histórico en la red pero que no pertenecen estrictamente al mundo de las universidades. Pero esta definición se tendría que hacer todavía mucho más compleja. Sólo con el trabajo introductorio de este texto he podido apreciar que la Historia más pública y popular es algo más que apasionados diletantes capaces de generar nuevos contenidos e interpretaciones historiográficas. Sólo leyendo entradas de algunas de las publicaciones como Hacking the Academy, unos cuántos blogs de Historia en el web, o analizando el alto número de graduados en Historia y el escaso potencial de inserción laboral de los mismos, entendemos que dentro de esta corriente popular hay personas con formación académica, pero sin las capacidades, las oportunidades, la suerte, los contactos o situaciones personales adecuadas para poder continuar ejerciendo e investigando dentro del mundo universitario. Es todo un reto para la historiografía, no del todo nuevo, puesto que siempre han existido personas ajenas a las universidades y centros de investigación que se han preocupado por historiar, especialmente en terrenos como la Historia Local, pero actualmente y con las posibilidades que ofrece Internet, los ámbitos y posibilidades de investigación y difusión histórica se han multiplicado, con lo que más allá de la misma Academia se ha abierto una fuerte competencia que de seguir siendo ignorada, puede significar el declive y ocaso de la primera. En este sentido, los historiadores digitales han comprendido que este valioso capital humano no se tenía que rechazar.

Si un objetivo de la Universidad es fomentar su rol universalizador del conocimiento, la Historia Digital y su metodología nos han mostrado un camino que hace posible este objetivo ideal, el de una Academia al servicio del pueblo, en contacto con él y receptiva a sus aportaciones. La Historia Pública nos plantea un futuro (y presente) con interpretaciones y relatos diversos, cierta horizontalidad en la generación de contenidos, nuevos objetos de estudio o interpretaciones más vivenciales que las tradicionales del academicismo, unas dinámicas que se generan de manera global y donde las fronteras y dominios de los estados, con aquel viejo rol de querer ser, si no los únicos, los principales agentes garantes de la cultura, se disuelven entre los 0 y 1 de la aldea global del WWW.

La Academia necesita abrir los ojos si quiere ser fuente de referencia en la generación de conocimiento. En este siglo XXI y a diferencia de épocas pasadas, los miles de graduados y cientos de doctorados en Historia que surgen año tras año en España y otros lugares del mundo, expulsados en su gran mayoría de una Academia incapaz de ofrecer demasiadas alternativas laborales, tienen la posibilidad de competir en la red, de igual a igual, que la minoría que sí consigue obtener un sueldo por sus investigaciones.

De modo metafórico y deliberadamente exagerado, los aburridos y caros congresos, con cabezas que asienten acríticamente ante adormecedoras palabras de renombrados conferenciantes, pero que a menudo a duras penas saben mandar un correo electrónico, poco tienen que hacer frente a una charla sobre un tema demandado por la sociedad, realizada ante un auditorio lleno, crítico y activo en debatir, realizada por un historiador sin las ataduras de la Academia y con los medios que proporciona Internet. Más aún si la puede subir a Youtube o su blog personal y ser vista por miles de personas. De no integrarse ese capital la competencia que se abre es dura, pero quizá necesaria para oxigenar nuestra profesión. De lo contrario, el mismo academicismo está sembrando las semillas de su propia destrucción.

 

 

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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