Con plagio nos referimos, en las siguientes líneas, al uso intencionado de otros textos y hacerlo pasar como propio. La crítica a la propiedad intelectual no es aquí la cuestión, en la que podríamos hacer una crítica sobre este concepto y los absurdos que conlleva hoy, y que solo sirve como herramienta dentro de la triste y desgraciada competencia que impregna nuestras vidas en todos los sentidos. Tampoco a las coincidencias que se pueden dar por el uso de las mismas fuentes documentales. Pero sí nos queremos referir con el plagio al hecho de que usando esa misma propiedad intelectual uno se presenta como autor propio de ideas y palabras que ha dicho otro, sin citarlo ni referirlo, intentando enriquecer su currículum académico para ascender, superar los requisitos académicos donde lo inédito es una exigencia frecuente, y pretender ser sujeto de conocimientos que no tiene realmente.

Quienes hayan estudiado en la Universidad, conocerán el ahínco que prestan los profesores y las facultades en perseguir el copia y pega que usan muchos alumnos en sus distintos trabajos durante toda la carrera. Para tal misión incluso se han creado diversos programas informáticos, pero ya de antes un uso adecuado del buscador de palabras de cualquier procesador de textos podía hacer perfectamente la tarea de encontrar casos de estas malas costumbres que muchos alumnos recurren ante la falta de tiempo, justificado o no, que suelen encontrarse a menudo.

Más grave son los casos de estudiantes más avanzados, en lo que ahora son los másters y, especialmente, los doctorados, donde el plagio o el copia-pega ya es intolerable, pues si bien en los máster se procura que empiecen a aprender cómo se redacta un trabajo académico, el doctorado es ya el trabajo más importante y principal que un académico puede hacer. Finalmente, los que acaban como investigadores o profesores, publicando en revistas y editoriales académicas, se les espera un mayor rigor todavía.

Por todo esto, resulta muy grave lo que hemos visto en estas últimas semanas sobre el rector de la Universidad Juan Carlos, Fernando Suárez Bilbao, al que se le ha descubierto varios artículos plagiados1, a menudo con copias y pegas enteros, que suponen más del 70% del texto íntegro, sin citar, y usando las mismas fuentes en sus copiados, incluyendo erratas. Este descubrimiento supuso la investigación de otros trabajos suyos2, y no falta alguno que sean completamente plagios, a menudo con la recurrente técnica del copia y pega, y en menor medida, la clásica inserción de párrafos copiados palabra tras palabra, sin citar. Finalmente, también copió en su propia tesis doctoral, si bien con “solo” algunos párrafos enteros, sin citar, de autores afines al rector.

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La respuesta del Rector ha sido la negación: en una nota que no es fácil de encontrar más allá de las filtraciones de la prensa, o de lo que los diversos profesores plagiados han publicado, vemos cómo el señor Suárez Bilbao intenta confundir argumentando que citó en “una cita”, que por un descuido humano se olvidó anotar la fuente de la que se extraía. Esto no es más que una tomadura de pelo: páginas y páginas, llenas, no son ni mucho menos una cita, tienen que ser varias, y siempre aclarando la fuente cuando se extraen palabras literales de otro autor. Que aparte, si suponen cuarenta páginas copiadas de cuarenta y ocho páginas en total, no sabemos a qué viene que se publique como un artículo propio, en lugar de aprovechar lo ya escrito, con anotaciones en una edición propia. Pero para eso habría que hablar con otros autores, y sobre todo, no adquirir puntos ni méritos por artículos y publicaciones académicas. Porque resulta que este señor es rector y profesor, y para llegar a eso hay que publicar textos propios en publicaciones “de impacto”. Y vemos que este señor ha adquirido esos puntos por medio de publicaciones plagiadas, que no fueron detectadas ni por la ANECA ni las diversas instituciones existentes al respecto. ¿Por qué? Pues porque el celo que se aplica contra debiluchos estudiantes no se aplica contra profesores, ni menos contra la alta jerarquía universitaria, por muy impresentables que se presenten. Finalmente, desde la URJC publicaron un Manifiesto en defensa de su Rector3, consistente en cinco puntos: primero, la denuncia de la campaña de desprestigio contra el rector; segundo, el rechazo de las acusaciones; tercero, la condena de las calumnias e injurias que se realizan desde el anonimato4; cuarto, que la campaña electoral para el rectorado se haga sin presiones (llama la atención este punto, y cómo les preocupa esta cuestión); y quinto, la exigencia de un respeto a la Universidad Rey Juan Carlos.

En general, los plagios y estafas semejantes son frecuentes en las áreas de las ciencias naturales, y muy especialmente, en la medicina y física. Aunque existen casos en el mundo de las Letras o de las ciencias sociales, nunca fueron frecuentes ni una preocupación mayor. Esto se debe a que los productos de unas disciplinas como la farmacéutica o la medicina pueden tener un valor en el mercado muy alto, mientras que en las letras, a duras penas supone unos cuantos “duros”, por no decir que a menudo es más bien gastos, esfuerzos sin más, o sin nada de “dineros” de por medio. En las Letras eso se consigue más bien escalando puestos de trabajo en la Universidad (o instituciones semejantes), con sus respectivos pluses, aumentos y complementos, donde la redacción de artículos y libros es parte del proceso. Afortunadamente, la diversidad existente por la propia naturaleza de las Letras promovía la existencia de convicciones y posiciones diferentes sobre cualquier tema, y no pocas veces éstas estaban muy enfrentadas. El ego hacía que lo normal fuese despreciar los trabajos ajenos, y el plagio ya no solo se veía como una práctica inmoral, sino como una estupidez o absurdo, al asumir ideas de alguien que no comparte tu postura o que dice cosas que a nadie interesa. En cierto sentido, el ego exarcebado, tan infantil, insolente y nulo, nos hacía afortunados en este caso. Si alguien quiere saber el problema en las Letras, esta siempre ha sido los amiguismos y enchufes que se dan con cierta frecuencia, lo que ha sido calificado acertadamente como la “red clientelar” que se va construyendo durante años, y se impone como una pirámide de plomo. Los copia y pegas, plagios y estafas por el estilo se daban ocasionalmente, y más bien entre profesores con sus sufridos alumnos, que debían tener cuidado de ser descubiertos en estos vicios por programas informáticos o un docente sagaz.

Más allá del desprestigio que fomenta el plagio a las instituciones universitarias, lo más preocupante del caso del señor Suárez Bilbao es su impunidad y posición: el plagio está creciendo y fomentando entre los estudiantes por la inmunidad de unos profesores con demasiadas influencias y que conocen bien los mecanismos de control de la Universidad. ¿Cómo la Universidad Juan Carlos va a exigir a sus alumnos que no hagan copias y pegas y no plagien? ¿La arbitrariedad de que un profesor sí puede y los estudiantes no? Eso no puede sostenerse, y más vale dejar claro que el plagio es una mala práctica en el mundo que vivimos ahora, y es necesario dar ejemplo con ello, no permitiendo que se generalice en el mundo académico, y menos entre el estudiantado, el futuro de la investigación, porque obviamente se perdería trabajos novedosos, calidad de las universidades y, sobre todo, el esfuerzo y rigor que debe tener todo académico, investigador y profesor. Si eso se abandona, el conocimiento crítico, esforzado y riguroso se pierde, y entonces la universidad no vale nada.

Suárez Bilbao, en su vergonzoso descaro, alude que esto se soluciona internamente por la Universidad, sin que tenga nada que hacer la sociedad y el público en general. Obviamente, espera que los propios mecanismos de la Universidad, que tendrá controlados, le salven las castañas del fuego y salga airoso del asunto. Asimismo, no es suficiente tampoco recurrir a los juzgados. Es mejor prevenir que castigar: un asesinato castigado no supone la vuelta a la vida del asesinado. Todos tenemos la capacidad de juzgar, y los juzgados existen para resolver dos posturas encontradas y no dispuestas a razonar ni entenderse, usando una tercera parte para ello. ¿Queremos que la Universidad sea eso, o un espacio de diálogo y racionalización? Debemos, ante todo, a recurrir a la propia comunidad académica y a la sociedad debidamente informada, para dar respuesta y promover el sentimiento de vergüenza entre este tipo de personas, y cerrarles definitivamente las puertas, especialmente aquellas en las que son responsables de otras personas (como es un rector o un profesor), porque perjudican y no contribuyen a nada5. No se trata de oponerse a recurrir a los mecanismos judiciales e institucionales, pero lo que realmente acabará y frenará esta práctica es la concienciación de todos, empezando por los profesores y responsables universitarios, y terminando en el más joven de los estudiantes, para que cunda el ejemplo del buen hacer, que es lo que está aquí en juego, y no dineros ni nombres.

1Fernando Suárez Bilbao: “España y Europa: la peregrinación a Europa”. En La Iglesia en la Historia de España. Ed. Marcial Pons, 2014. Asimismo, “Estado de Derecho y administración judicial”, en Estado y territorio en España 1820-1930. Ed. Los Libros de Catarata, 2007. Y muchos más, pero estos han sido los casos más evidentes y sonados.

2Hasta donde sabemos, al menos once de sus textos. Se especula con la totalidad de su obra.

3Para una URJC en libertad.

4Se ve que el Manifiesto de la URJC tiene que recurrir a una evidente mentira, ya que las acusaciones han sido realizadas por profesores con nombres y apellidos. Entre ellos podemos destacar a Carlos Barros, uno de los más importantes medievalistas gallegos, y Miguel Ángel Aparicio, catedrático de Derecho, que han sido dos de los principales plagiados. Barros ha elaborado una extensa tabla relatando, uno a uno, cada plagio que sufrió uno de sus artículos, comparando cada texto. La exhibición es irrefutable. Véase Carlos Barros: Plagio de mi artículo “La peregrinación a Santiago de Composterla”, en la página web de academia.edu.

5En este sentido, cinco autores plagiados publicaron un Manifiesto el pasado 7 de Diciembre de 2016 al respecto, bajo el título de El Manifiesto de los Cinco. Otros de los plagiados son autores que han fallecido, tal como es el caso de Víctor Fairén Guillén, cuyo hijo está asumiendo su defensa. Por parte de la sociedad, se han recogido 72.000 firmas contra el Rector.

Escrito por Fran Andújar

Doctorando en Historia. Universidad de Granada.

2 comentarios

  1. A mi me deja de piedra ver cómo se mete tanta guerra a los estudiantes, que muchas veces tienen que hacer estas cosas pero porque trabajan y tienen que cumplir plazos muy cortos, mientras que a estas jerarquías, que deben ser los primeros que deben dar ejemplo y que han tenido sus épocas de tiempos exclusivos para la investigación, quedan en total impunidad. Los derechos de propiedad es lo de menos, lo importante es la mentalidad que van a adquirir los jóvenes cuando ven estos episodios tan lamentables, y sobre todo, cómo han acabado.

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  2. Una reflexión muy interesante. El tema lo he ido siguiendo mediante el historiador Carlos Barros y los diferentes escritos que ha hecho sobre el tema, puesto que fue uno de los plagiados.

    Considero que este tipo de casos perjudican la credibilidad de la Academia, como también lo hacen los concursos públicos hechos ad hoc para determinado candidato/a, el despilfarro de dinero en ediciones bajo sellos listados en ránkings, la existencia de fuertes jerarquías que abren o cierran puertas (los/as padrinos/as), lo oscuro que resulta a menudo los procesos de revisión de pares o aceptación de comunicaciones en congresos, etc.

    La Academia tiene mucha fruta podrida, aunque pese a ello, sigue generando estudios y tiene a personalidades que la honran. Por desgracia, lo del plagio no sorprende, como otras cosas que apuntas en la reflexión.

    Enhorabuena por el artículo.

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