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Parias de la tierra: de los Mártires de Chicago y otros desheredados

Oportunidades ante débiles nacionalizaciones.

Algo tan básico y definitorio de cualquier estado, como es la pretensión del control efectivo de su territorio, en algunas latitudes durante el siglo XIX y hasta la Gran Guerra fue un asunto sin resolver. Parte de la nacionalización norteamericana, especialmente la colonización del oeste en el siglo XIX, se fundamentó en la idea de conquistar un territorio inhóspito y fuera de la ley, fuera del control del mismo estado, lo que muestra que en muchos lugares de su territorio nominal, el gobierno americano tenía entonces escasa presencia y control, favoreciendo una especie de ideal de conquista protagonizado por colonos blancos, en consonancia con la tradición racial-nacional norteamericana.

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Entierro en una fosa común de indios Lakotas, asesinados por soldados y civiles. 29 de diciembre de 1890. Fuente de la imagen

Los pobladores originarios de los territorios bajo presión blanca, como todos sabemos, fueron básicamente exterminados y, en el mejor de los casos, segregados en reservas. En este contexto, no ha de extrañar que en ciertos ambientes académicos se analice este fenómeno histórico como un genocidio y que, investigadoras como Roxanne Dunbar-Ortiz, describan a esta expansión como algo relacionado con las mismas esencias nacionales, las cuales a nivel legislativo eran, más allá de ser racistas o discriminatorias, “classic cases of imperialism and a particular form of settler colonialism”, afirmando finalmente que “the history of the United States is a history of settler colonialism6. En el fondo, un ejemplo que traza la idea que parte de la nacionalización en dicho territorio se impuso en base al rechazo y el racismo, aunque también refleja una época con escasa presencia efectiva del estado en muchos de sus territorios nominales.

En el caso Argentino también sucedía algo similar en alguna de sus regiones, incluso ya entrados en el siglo XX.  Si leemos, por ejemplo, entre los recuerdos del anarquista gallego Serafín Fernández, quien en el año 1910, con 17 años de edad, huyó de su tierra natal en busca de trabajo y mentalidades más abiertas, encontraremos algunos signos de lo planteado.

Su destino fue Argentina. Una vez allí se instaló en un pueblo a más de 370 kilómetros de Buenos Aires. Durante sus primeros días en el destino, al pasear por las calles y relacionarse con sus habitantes, se sorprendió por la escasa presencia de fuerzas de seguridad estatales y que, en ese contexto, lo habitual fuese que los nativos se armasen con un machete en el cinto, mientras que en los trabajos, todo encargado que se preciara, tuviese una pistola encintada. Nos describe, por lo tanto, un territorio en donde el estado no tenía el monopolio del uso de la fuerza porque cualquier habitante podía ir armado.

Serafín Fernández tenía inquietudes sociales y se afilió a la Federación Obrera Regional Argentina, la FORA, fundada en 1905 al abrigo del auge del sindicalismo revolucionario y anarcosindicalismo de los inicios del siglo XX, así como con evidentes raíces en el antiguo sindicalismo internacionalista decimonónico autóctono. Dicha organización -depende del periodo organizaciones, pues existieron escisiones-, gozó en los años anteriores a la Gran Guerra y durante la misma fuerte influencia en Buenos Aires, la Patagonia y otras regiones argentinas, al tiempo que los patronos se asociaban en entidades antagónicas como la Liga Patriótica, con unos parámetros que recordarían a los de Cánovas, Sagasta o José y Hevia años atrás en España.

Para la Liga, muchos obreros eran escoria no apta para la nación argentina, especialmente los inmigrantes apátridas que no merecían estar en dicho territorio, puesto que fueron señalados, cual enfermedad, como portadores de ideas disolventes y revolucionarias. Una estampa perfectamente retratada en la película “La Patagonia Rebelde” (Héctor Oliveira, 1974), inspirada en las investigaciones novelescas de Osvaldo Bayer y los conflictos sindicales en dicha zona de Argentina.

En cualquier caso, más allá de la fuerza visual de dicho arte, las palabras del contralmirante Eduardo O’Connor, impulsor de la Liga, lanzadas a jóvenes ultranacionalistas argentinos el 10 de enero de 1919, demuestran la naturaleza de dicha organización, cuando afirmaba que Buenos Aires no sería un nuevo Petrogrado y que se tenía que ir a por los “rusos y catalanes en sus propios barrios si no se atreven a venir al centro7. Es decir, animaba a cosas como ir a barrios obreros a entrar y destrozar locales, así como el fomento de la desconfianza de cualquier trabajador eslavo o del este de Europa (“rusos”), o anarquistas provenientes de España (“catalanes”).

Serafín Fernández, por contra, a esa burguesía reaccionaria la definía como sucursales de “los grandes consorcios con mentalidad colonialista, con sus directores en el extranjero, que en el pais proceden como en terreno conquistado para dar rienda suelta a sus voraces apetitos”8. Por lo tanto, no debería de resultar extraño que Fernández pensase que, si bien “los gobiernos (…) tenían cierta tolerancia con las huelgas que se declaraban en las ciudades, cuando se producían en la campaña las persecuciones se convertían en una verdadera caza al hombre”.9

Bajo esas vivencias, no resulta extraño que para la mentalidad de un obrero politizado como Serafín Fernández, un suceso como la Semana Trágica de 1919 o los conflictos sociales en la Patagonia en los siguientes años, fueran analizados bajo una óptica de evidente desconfianza hacia los gobiernos, así como una muestra de la existencia de un obrerismo internacionalista y revolucionario al margen de ellos:

“el estallido de la huelga más violenta que registra la historia del proletariado argentino fue espontáneo, pero su gestación venía de lejos. Contratados por los gobiernos para ‘civilizar’ al país en las playas argentinas, desembarcaron voraces consorcios capitalistas con mentalidad colonialista, pero también desembarcaron entre las masas de inmigrantes, intrépidos idealistas que, logrando comprender y ser comprendidos por el proletariado nativo y extranjero, organizaron y entablaron titánica lucha con el capitalismo aventurero y los nuevos ricos, impidiendo que el proletariado de este país fuera castigado por el látigo colonialista con la crueldad con lo que lo fueron y lo siguen siendo en otras repúblicas hermanas”10.

En conclusión, un débil control del territorio favoreció en Argentina que las disputas entre capital y trabajo adquiriesen rango de insurrecciones en zonas como la Patagonia, al tiempo que el estado, en caso de manifestarse, lo hacía a favor de los intereses capitalistas de organizaciones como la Liga Patriótica manifestando su cara más violenta.

Si volvemos a Europa, concretamente a Italia, quizá podamos entender esa fuerza histórica de los ideales internacionalistas si pensamos en el proceso nacional italiano cuando éstos entraron en la contienda mundial en 1915, un proceso que por entonces no tenía, desde la unificación, ni 50 años de historia. Sí, como una parte importante de la historiografía ha mostrado, desde la misma unificación y anteriormente habían existido proyectos y ricos discursos sobre la nacionalización italiana, hecho que explica desde la mitificación de figuras como Garibaldi en el mismo siglo XIX, como la eclosión de ultranacionalismos reaccionarios que harán nacer el fascismo en el XX, pero si tomamos como referentes las emblemáticas fechas de la unificación y entrada en la Gran Guerra, Italia como estado-nación era aún un hecho reciente, lo que nos abre la puerta a escenarios en su territorio con escasa nacionalización y, al mismo tiempo, situaciones de conflicto con otras identidades.

En este sentido, la figura del anarquista Umberto Tommasini, nacido en Vivaro, cerca de Trieste, sería una muestra de lo planteado. Umberto creció en el seno de una familia progresiva, de militantes socialistas de partido, pero ante la cercanía de la guerra y el hecho que Trieste era una zona de disputa entre Italia y el Imperio Austro-Húngaro, decidieron solicitar la nacionalidad italiana y viajar hacia los lugares de acogida que el gobierno les había designado.

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Al llegar al lugar de destino se encontraron que, en lugar de ser recibidos como hermanos de patria, se encontraron con una población rural poco nacionalizada más allá de la superstición, la religión y el odio al diferente, incapaz de considerarlos como “italianos”, toda una decepción para él y su familia:

nos mandaron a la provincia de Avellino, a Andretta: un desastre, un pueblo de… ¡extraviados! La gente decía: ‘¡Llegan los austríacos! ¡Llegan los austríacos!’. Venían a vernos y luego exclamaban: ‘¡Pero si los austríacos son como nosotros. Tienen dos ojos como nosotros!’ ¡Era Espantoso! ¡Decían que éramos alimañas, que éramos austríacos, no italianos que vivían bajo dominio de Austria! ¡La Inteligencia no les daba para más a los pobres!”11.

En diciembre de 1915 Umberto fue llamado a filas para defender la patria y en sus memorias, por ejemplo, nos describe su experiencia en la contienda con episodios y escenas interesantes, que demostrarían ciertas resistencias a la implantación de las ideas nacionales; episodios como la confraternización de soldados de ejércitos rivales durante las navidades de 1916, el odio existente entre tropa y oficiales en el ejército, el escaso entusiasmo o el incumplimiento de la soldadesca de órdenes que comportasen excesivo riesgo, de hecho, como él mismo reconoció, no se alistó por patriotismo, ya que: “la guerra la hicimos todos por cobardía, no por valor. Nos llamaban, y como no teníamos valor para desertar, íbamos a la guerra”12. Un hermano de Umberto sí lo hizo, siendo además condenado a una pena de destierro por haber realizado propaganda antibelicista.

Tommasini no obtuvo demasiado buena sintonía con el proceso de construcción nacional italiano, teniendo la mala fortuna de caer prisionero durante la batalla de Caporetto en otoño de 1917, la más dolorosa derrota nacional italiana durante la guerra y, lo que resulta más interesante, siendo considerados entonces quienes cayeron presos, centenares de miles de soldados italianos, traidores de la patria, por ser considerados cobardes.

Si una patria te desprecia, como Italia hizo con Tommasini y tantos otros ciudadanos, no nos debe de extrañar que identidades más internacionalistas y cosmopolitas pudiesen ocupar su lugar y perdurar incluso más allá del asentamiento del fascismo en Italia, si pensamos, por ejemplo, en el hecho histórico de la importante presencia italiana en el brigadismo internacionalista durante la Guerra Civil Española.

Notas al pie

1 George Engel, “Parlamento de George Engel”, F. Fernández; D. Juan & R. Queralt (Coord.), La Infamia de Chicago, El origen del 1º de mayo, Sabadell, Diletants, 2013, p.199.
2 Ibídem, p. 200.
3 Ibídem, pp. 201-202.

5 [Victoriano San José], “Correspondencias, Buenos Aires 27 de Enero de 1889”, Tierra y Libertad, 20/04/1889, p.3.
6 Roxanne Dunbar-Ortiz, “Yes, Native Americans Were the Victims of Genocide”, History News Network, 12/05/2016, http://historynewsnetwork.org/article/162804, (Consultado el 13 de enero de 2017).
7 Felipe Pigna, “La Liga Patriótica, asesina”. El Historiador, http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/primeros_gobiernos_radicales/la_liga_patriotica_asesina.php (Consultado el 11 de enero de 2017)
8 Serafín Fernández. Recuerdos de la vida pampera (La semana trágica de enero de 1919). París: Publicaciones Umbral, 1962, p.10.
9 Serafín Fernández. Recuerdos de la vida pampera (La semana trágica de enero de 1919). París: Publicaciones Umbral, 1962, p.12.
10 Serafín Fernández. Recuerdos de la vida pampera (La semana trágica de enero de 1919). París: Publicaciones Umbral, 1962, p.24.
11 Umberto Tommasini [Prólogo y notas de Claudio Venza & Entrevista a Claudio Magris].Umberto Tommasini. El Herrero Anarquista. Memorias de Un Hombre de Acción. Madrid: Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2014, p.80.
12 Umberto Tommasini [Prólogo y notas de Claudio Venza & Entrevista a Claudio Magris].Umberto Tommasini. El Herrero Anarquista. Memorias de Un Hombre de Acción. Madrid: Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, 2014,, p. 81.

Fragmento de un texto enviado a la revista Rúbrica Contemporània de la UAB.

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