Su entierro

El 22 de enero de 1905 más de 1500 personas abarrotaban las Sala Rivay de Levallois-Perret, doblando el aforo oficial del recinto. El espectro de la libertad estaba presente en el ambiente en boca de personalidades como Sébastien Faure, Charles Malato o Pierre Monatte, quienes, entre otras figuras anarquistas, rendían homenaje al gran mito de La Comuna de París de 1871: Louise Michel [para consultar una breve biografía sobre ella, así como acceso a documentos digitalizados, es recomendable el espacio web del IISG de Amsterdam dedicado a su figura].

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Entre quienes parlamentaron, como entre los asistentes, se debió de recordar su muerte acontecida en Marsella 13 días antes. Del mismo modo, se debió de sentir orgullo al pensar que más de 100.000 personas habían acudido al entierro del gran mito femenino del anarquismo.

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Coche fúnebre con los restos de Louise Michel, 22 de enero de 1905. Fuente: Estel Negre. “Enterrament de Louise Michel

Fue una mujer recordada por sus múltiples facetas: maestra de niños y niñas, una persona culta y sensible en artes como la poesía y la música, pero igualmente, capaz de incendiar medio París, vivir en varios continentes y ser una luchadora por la libertad en todos ellos, una mujer altiva y atea hasta la médula, capaz de mofarse del patriarcado y ser contraria al paternalismo social, una internacionalista que soñaba con la hermandad de la humanidad, pero que reconocía que antes de esa meta, el enfrentamiento contra los poderosos era inevitable.

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Visto en perspectiva, no nos debería de extrañar que su entierro, como en otros casos en la historia del anarquismo, se convirtiese en una manifestación política.

Bajo las banderas rojas del socialismo y la sangre derramada de los pueblos, y pese a las prohibiciones derivadas de las leyes antianarquistas francesas, en su cortejo también ondearon las banderas negras, uno de los símbolos más antiguos ligados al anarquismo y en gran medida popularizado por la misma Louise Michel. Cabe mencionar que este enarbolamiento de banderas provocó enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas policiales.

La Comuna de París y Louise Michel, 1871.

Como en otros casos, como podría ser el del mítico gaditano Fermín Salvochea, Michel fue un mito social antes de ser anarquista. Alcanzó fama y notoriedad durante la Comuna,  y pese a conocer la existencia de las ideas internacionalistas, vinculadas a la sección francesa de la AIT y personalidades como Varlin, y en consecuencia con el anarquismo de raíz bakuninista y otras corrientes socialistas, por entonces aún era una republicana radicalizada, que conocía a personalidades de ambientes diversos y que, más allá de las ideas, valoraba en las personas su honestidad y palabra.

Todo esto es fácil de reconocer si leemos, por ejemplo, el excelente libro de Louise Michel editado hace unos pocos años por La Malatesta y Tierra de Fuego: La Comuna de París.

No entraré demasiado en los sucesos en sí de la Comuna de París de 1871, porque el video arriba incrustado es una excelente charla de Dolors Marín sobre dichos sucesos, así pues, me gustaría plantear ciertos aspectos que nos indicarían que si bien, durante los sucesos revolucionarios comprendidos entre el 18 de marzo y el 29 de mayo de 1871, en donde París lideró la más importante Comuna autónoma formada en Francia en el contexto de la Guerra Franco-Prusiana de 1870-1871, Michel era una republicana, pero su experiencia vivida, le hará decantarse hacia el anarquismo, y en este sentido, si nos centramos en la conciencia nacionalista de Michel, podemos encontrar ciertos aspectos que nos pueden hacer entender como, una persona con espíritu patriótico francés, abrazará postulados internacionalistas y superadores de la idea de patria.

1. El Internacionalismo Obrero

Michel describe los años anteriores a la insurrección de marzo como tiempos oscuros dominados Napoleón III, el último monarca francés. Los delirios de grandeza del chovinista emperador le llevaron a la guerra contra la militarista Prusia de Bismarck. Michel plasma esos tiempos de decadencia identificándolos con la ineficacia militar de las tropas bonapartistas o la sonada derrota de Sedán de septiembre de 1870, en donde el monarca se rindió y quedó preso, abriéndose así un vacío de poder en Francia.

En ese contexto ella y sectores avanzados socialmente salieron a la calle en defensa de una Francia republicana, que no se rindiese frente al militarismo prusiano y que fuera socialmente justa. Sin embargo, para Michel y muchos republicanos radicales franceses, de manera similar que pasó entre sectores vinculados al republicanismo federal español durante el Sexenio Democrático, la nueva república les resultaba insuficiente, puesto que como señaló Karl Marx, “en este conflicto entre el deber nacional y el interés de clase, el gobierno de la defensa nacional no vaciló un instante en convertirse en un gobierno de la traición nacional“(Fuente: ANNCOL). Ese gobierno, compuesto básicamente por burgueses de orden, como el sanguinario Thiers, fue proclive al armisticio con Prusia por el bien de sus propiedades y prebendas, ante un pueblo que en poblaciones como París, Marsella o Lyon, entre un largo etcétera, proclamaba un liberalismo extremo con influencias (y presencias) socialistas, fundamentado en la idea de una república francesa formada por una libre federación de comunas.

En paralelo a la visión negativa del proyecto social, político y nacional bonapartista, Michel  describe siempre con buenas palabras a la reciente organización obrera conocida como La Internacional, de la cual afirmará que en una época en que “la libertad atravesaba el mundo; la Internacional era su voz gritando por encima de las fronteras las reivindicaciones de los desheredados” (p. 25), al fin de cuentas, ya en 1864, en Londres, se dio nacimiento a la Internacional bajo máximas que nos hacen entender la lógica cosmopolita del obrerismo, cuando proclamaron que “los polacos sufren: pero hay en el mundo una nación más oprimida; el proletariado” (p. 34). En ese último tercio del siglo XIX, en el juego de fidelidades identitarias y frente a los proyectos nacionalistas en construcción, la conciencia de clase, gracias a organizaciones como la AIT, o sencillamente porque era un hecho presente entre sectores populares de la población, era mucho más potente que no la pertenencia a tal o cual nación.

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Pese a sus posicionamientos republicanos, Michel, como otras personalidades en su ambiente, tenía curiosidad y atracción por las ideas socialistas que difundía la AIT, aunque en aquel contexto, ella aún creía en la República y la nación francesa. Sin embargo, el interés por los planteamientos internacionalistas fue notable, y en cierta manera, tampoco diferían demasiado a su republicanismo comunalista, puesto que frente al “techo” nacional, el internacionalismo ofrecía el mundo como escenario de hermanamiento, cooperación y libre federación.

2. Una nación filosóficamente inmadura

Francia, cuna del invento de la nación liberal, lo que nos puede hacer pensar en una temprana y fuerte nacionalización de las masas, tenía, en un contexto de expansión colonialista, serias dificultades para crear un fuerte sentimiento de fidelidad. El proyecto nacionalista francés, especialmente el cercano al liberalismo conservador, sufrió una gran derrota tras la rendición humillante de Sedán. Mientras que la nueva República de Versalles, mayoritariamente compuesta por los mismos perros de Napoléon III, pero con diferentes collares, frente al peligro de radicalidad republicana y su proyecto alternativo nacional francés, optó por la vía de la paz con Prusia y el mantenimiento de las jerarquías sociales existentes.

En el parlamento de Versalles, algunas excepciones destacaban entre las bancadas, como fue el caso del izquierdista y socialista Jean-Baptiste Millière, quien en el contexto de enfrentamiento entre París y Versalles optó siempre por la vía de la paz. Finalmente fue ejecutado sin juicio por sus complicidades ideológicas con los comuneros, siendo recordado por Michel con las siguientes palabras, que nos indicarían este tipo de sentimiento, proclive a superar la misma idea de nación, dentro de las corrientes por entonces republicanas y con influencias socialistas, o cuanto menos, interesadas por la equidad social: “Millière cayó gritando en las gradas del Panteón: ‘¡Viva la humanidad!’. Este grito fue profético, es el que hoy [tras 25 años de los hechos de La Comuna] nos reúne” (p. 221).

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Podemos pensar que el caso de Millière no es significativo, puesto que no dejaba de ser, al fin de cuentas y más allá de diputado, un incipiente socialista y próximo a otros radicales como Henri Rochefort, pero es interesante para reflejar esa idea, de aquellos que defendían la paz nacional, pero comprobaron que la conciencia de clase (burguesa), y no la fraternidad patriótica, era lo que regía la realidad francesa.

Entre los escritos y recuerdos de Michel editados en el libro antes mencionado, hay unas páginas en las que describe un más que interesante suceso que también ejemplifica que, incluso entre patriotas franceses, existía cierta idea de ir más allá de lo nacional. Fue el planteado por un heterogéneo y concurrido grupo de masones, quienes ante el clima de bélico y de asedio de Versalles sobre París, decidieron hacer un acto simbólico.

Ante el escenario parisino de banderas negras y rojas ondeando, símbolos de la lucha hasta la muerte, de la sangre derramada y, en el caso de la última, también de los pujantes socialismos, los masones decidieron congregarse y marchar por París y por algunas zonas de combate portando banderas blancas, símbolo de la paz. Según Michel buscaban una tregua y crear un espacio de diálogo, puesto que se definían como “hombres de paz, de concordia, de fraternidad, de estudio, de trabajo, que han luchado siempre contra la tiranía, (…) son también hombres que piensan, reflexionan y actúan por el progreso y la emancipación de la humanidad” (p. 186).

Michel describe la marcha como un espectáculo impactante, con masones portando, junto a las banderas blancas, ramas de olivo en la mano izquierda, símbolos de la paz, y en la derecha “el acero de la vindicación“. Si bien desde el bando comunero la comitiva no fue atacada, e incluso lograron una breve tregua entre los contendientes, el bando versallés acabó rompiéndola, lo que significó que dichos masones, ante la magnitud de lo sucedido, mostrasen signos de cierto desdén ante determinadas actitudes francesas y ciertos toques de sentimientos universalistas:

Los primeros disparos partieron de Versalles, y la primera víctima fue un francmasón. (…) Hermanos de masonería y hermanos compañeros, no nos queda otra resolución que combatir y cubrir con nuestra sagrada égida el lado del derecho. ¡Salvemos París! ¡Salvemos Francia! ¡Salvemos la humanidad!

Bien os habréis merecido a la patria universal y aseguraréis el bienestar de los pueblos en el futuro.

¡Viva la República! ¡Vivan las Comunas de Francia federadas con la de París!

París, 5 de mayo de 1871 (p.187)

Como se puede apreciar por el lenguaje, se apela a la patria universal, pero se cierra con un viva a la República (francesa). Contradicciones típicas de un proyecto alternativo nacional francés que, ante la realidad de la guerra, empezó a pensar que se tenía que superar a la misma idea de patria regional, favoreciendo un universalismo identitario en su lugar, para poder favorecer así el bienestar social.

En cualquier caso, estas manifestaciones superadoras de la idea nacional, en muchos sentidos, llevaban décadas fermentando y manifestándose dentro del mismo espectro político liberal.

3. La Autocrítica

El impacto de La Comuna de París fue inmenso en el seno del movimiento obrero mundial. Para Marx y Engels, los sucesos acontecidos en París eran una muestra o ejemplo de lo que debía de ser la teorizada “dictadura del proletariado“. Por su parte, Bakunin, quien participó brevemente en La Comuna de Lyon, analizó el caso parisino con bastante benevolencia, considerando que si bien aún era, al igual que pensaba Marx, una tentativa revolucionaria inmadura, sí que representaba el ejemplo práctico del modelo insurreccional revolucionario que defendía, ya que se pensaba que la chispa revolucionaria podía surgir a partir del ejemplo de un alzamiento concreto y simbólico de envergadura. Para un hombre tan ilusionado con la espontaneidad revolucionaria, la Comuna era un ejemplo de sus teorías.

Pero también desde el mismo socialismo, desde sus dos ramas más importantes, el anarquismo y el marxismo, se analizó de manera crítica a la Comuna de París. El líder marxista Mao Tsetung, en este sentido y ya en el siglo XX, al parecer afirmó que “Marx al principio se opuso a la Comuna de París… Cuando la Comuna de París se levantó, Marx la apoyó, aunque suponía que iba a fracasar. Cuando se dio cuenta que era la primera dictadura proletaria, pensó que sería una buena cosa incluso aunque durara tres meses. Si lo valoramos desde un punto de vista económico, no valía la pena” (Fuente), mientras que el anarquista Piotr Kropotkin, también se mostraba crítico, pensando que los comuneros “no rompieron con la tradición del estado, de gobierno representativo, y no trataron de lograr dentro de la Comuna esa organización de lo sencillo a lo complejo que había inaugurado al proclamar la independencia y la libre federación de comunas” (Fuente).

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Louise Michel, pese a participar activamente en dichos hechos y resaltar numerosas cualidades positivas de aquellas semanas entre marzo y mayo de 1871, analizó los sucesos con un profundo sentido crítico. Aspecto que nos demostraría que, pese a ser republicana y participar en una revolución acorde a sus ideales, si de verdad quería satisfacer el deseo de una Francia libre y fraterna, la supervivencia del estado, así como del sistema capitalista, eran inconvenientes para dicha finalidad.

Pese a que La Comuna estableció amplias libertades para las mujeres (derecho a separación con subsidio fue de lo más destacado), favoreció que los obreros pudiesen ocupar fábricas vacías o abandonadas por sus dueños, o promocionó sistemas representativos pero fuertemente influenciados por una democracia directa, y que marcase claramente una separación entre la Iglesia y el Estado, o estableció sistemas de pensiones, para Michel fue una revolución muerta al nacer, y no por la presión de Versalles, más bien por lo desbordado que se mostró el republicanismo dominante ante los acontecimientos.

Para Michel, se perdió la Comuna principalmente por una cuestión de escrúpulos liberales (y en cierta manera también socialistas), afirmando que:

La victoria era completa, y hubiera sido duradera si al día siguiente  [se refiere al 19 de marzo] todos hubiéramos marchado en masa hacia Versalles, donde el gobierno había huido.

La legalidad, el sufragio universal y todos los escrúpulos de ese género, que echan a perder las revoluciones, se tomaron en cuenta como de costumbre (p. 126)

También analizó negativamente que se salvaguardase la propiedad privada, especialmente la relacionada con la poderosa Banca:

Es espantoso comprobar como el respeto al corazón de ese vampiro capital, que llamamos banca, salvó víctimas humanas; era ese el verdadero rehén [se refiere al hecho de respeto a la banca parisina, la cual aceptó dar crédito a La Comuna].

Los adversarios de La Comuna confiesan hoy que habría triunfado si se hubiera atrevido a servirse para la causa común de esos tesoros que eran de todos

Los escrúpulos, al fin de cuentas, fue el principio del fin de la tentativa revolucionaria, ya que seguramente, si exceptuamos a determinados sectores republicanos o socialistas, “desde la primera sesión [de La Comuna], algunos, ahogándose en la sofocante atmósfera de una revolución, no quisieron ir más adelante, y hubo dimisiones inmediatas”.

En síntesis, Michel, en estas y otras afirmaciones, pensó que el respeto a la lógica y las formas de la legalidad estatal, así como el respeto al capital y la correspondiente propiedad, eran, entre otros factores, causas de la derrota revolucionaria. Y sin estado, ni capital, no hay patria liberal que exista.

4. Expulsada del cuerpo nacional.

Michel creó el mito de las petroleras parisinas, el de las mujeres que quemaron medio París para paralizar el avance versallés en las últimas jornadas de mayo de 1871. Dicho mito fue un elemento hostil y contrario al liberalismo conservador que se implantó [Tras el armisticio de Versalles con Prusia y la derrota de La Comuna].

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La mujer insurrecta y revolucionaria fue descrita y presentada como un agente maléfico, y el cuerpo de Louise Michel alojaba el alma de ese arquetipo de mujer para el gobierno de Thiers. Si la mujer normal y corriente era considerada un ser inferior al hombre en cuestión de derechos, la revolucionaria era aún peor, puesto que subvertía el supuesto orden natural que regía el mundo, dirigido por y para hombres, y que excluía a la mujer de un mínimo de seguridad para que pudiese desarrollarse libremente.

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A lo largo del libro de Michel encontramos numerosas evocaciones positivas hacia la mujer. Sin duda alguna tenía plena conciencia de la opresión patriarcal, aunque no utilizase ese lenguaje, y también se manifiesta claramente una sororidad femenina en las páginas, describiendo a las mujeres como las primeras en iniciar motines y como algunas de ellas, más allá de los típicos roles bélicos relacionados con el cuidado de la tropa (cocinar o sanar heridos), decidieron luchar de igual modo que los hombres. El libro, para cualquier persona interesada en la mujer en el contexto bélico, encontrará en las palabras de Michel, y de manera permanente, una narración histórica que, a finales del siglo XIX, mostraba el importante rol femenino en aquellas jornadas.

Ser mujer, consciente y revolucionaria en esos años, como le pasó a Michel, era sinónimo de quedar excluida del fenómeno nacional y su proceso de construcción, ya que se relegaba a la feminidad a ser mera espectadora de la res publica.

La represión contra los comuneros más allá de la cuestión de género, también sirvió para expulsar de lo nacional a millones de franceses. Si sumamos penas de cárcel, destierros como los que sufrió Michel a Nueva Caledonia, o las más de 100.000 víctimas ejecutadas, entenderemos como, en ocasiones, de igual modo que hizo Hitler con la cuestión judía, en un proceso de construcción nacional, cuando no se puede hacerlo al gusto del gobernante de turno, siempre existe la opción de liquidar del cuerpo teórico, a quienes se opongan al proyecto dominante.

El proceso de construcción nacional francés expulsó a los republicanos más radicales y federalistas, a los socialistas y a todos aquellos que tuviesen la mínima sospecha de ser partidarios o simpatizantes del gobierno revolucionario de marzo a mayo de 1871.

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Como anotación final a este artículo, me gustaría recordar unas palabras de Michel que reflejan esa locura represiva, durante y tras el control de París por parte de las tropas de Thiers y la reacción burguesa y que, igualmente, reflejan la opresión que sufrieron las mujeres en esos tiempos:

Sobre las petroleras circulan las más locas leyendas. No hubo petroleras: las mujeres lucharon como leonas: pero solo me vi a mi misma gritando ¡Fuego! ¡fuego ante esos monstruos!

Desdichadas madres de familia, que no combatientes, que en los barrios invadidos se creían protegidas por cualquier utensilio. Yendo en busca de alimento para sus pequeños (con un perol de leche, por ejemplo), las miraban como a incendiarias, que llevaban petróleo, ¡y las llevaban al paredón! ¡Sus pequeños las esperaron durante tiempo!

Algunos niños en brazos de su madre, eran fusilados con ellas. Las aceras quedaban jalonadas de cadáveres. (…) Dos arroyos de sangre pronto bajaron del cuartel Lobau hacia el Sena; corrieron rojos durante mucho tiempo.

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

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