El surgimiento y asentamiento de los nacionalismos fue un hecho evidente a inicios del siglo XX, pese a generar y nutrir discursos tendentes al interclasismo y ser estos normalmente  contrarios a los obrerismos y socialismos, con el paso de las décadas fueron haciendo su labor y vencieron taimadamente a estas identidades en conflicto, que negaban la validez del mundo de los estados-nación.

La educación de las masas, la incipiente propaganda mediática, los discursos imperialistas, la creciente popularidad del nacionalismo ligado al deporte y otras formas banales de nacionalización, así como la proliferación de una sociedad de masas o el perfeccionamiento de los mismos discursos nacionalistas, favorecieron que entre esa población con una débil identidad patriótico-ciudadana, o entre aquellos que se sentían parte de una clase antagónica a la burguesía, o inclusos entre quienes fueron expulsados legalmente de la ciudadanía, apareciese una inexorable penetración de las conciencias nacionales.

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Este aspecto, ya fue intuido en 1893 por el anarquista catalán Pere Esteve, cuando tras su paso por una Cuba aún provincia española, afirmó que:

“las luchas del trabajo y los principios anarquistas lograron reunir en un mismo haz, sin que se notara el más tenue resquemor, á cubanos y peninsulares. Sofocándose los viejos y dañinos rencores (…) Pero desgraciadamente no sucedía otro tanto en las relaciones particulares. En ellas descubríase que no estaba extinguido del todo el fuego patrio. Debajo de sus cenizas existía todavía un potentísimo rescoldo (…) en las conversaciones íntimas, así como entre las relaciones entre cubanos y peninsulares (fuera de nuestras organizaciones, se entiende) notábanse rivalidades, resentimientos, vestigios de mirarse como conquistados ó conquistadores. (…) Para el peninsular, hablando en términos generales, el cubano es un sér inferior, un degenerado; para el cubano, el peninsular un hombre brutal, soez, bárbaro”1.

Unas reflexiones que reflejan, por un lado, el conflicto existente entre organizaciones internacionalistas y las influencias de los diferentes nacionalismos en el seno de la población, pero que también nos muestran que, con el paso de las décadas, la nacionalización de las masas fue un hecho, a desgana de los mismos movimientos políticos que preconizaban la superación de ese tipo de conciencias.

No olvidemos otro aspecto fundamental que debilitará a medio plazo al propio movimiento internacionalista, como fue la plena aceptación de lo nacional por parte del marxismo, ya que como remarcó Michael Billig en su interesante “Nacionalismo Banal”:

“en su avance triunfante, el nacionalismo ha barrido a los rivales ideológicos. A comienzos del siglo XX, los marxistas predecían el fin de las divisiones nacionales: el desmoronamiento inminente del capitalismo proclamaría un mundo con conciencia de clase universal en el que se unirían las clases trabajadoras de los diferentes estados. (…) En la lucha posterior para defender la revolución de los ataques externos, los bolcheviques ampliaron realmente las fronteras del viejo Imperio ruso (…)Por tanto, el gobierno bolchevique representó desde el principio un estado-nación en un mundo de estados-nación”2.

O lo que es lo mismo, un movimiento aparentemente refractario a la construcción nacional, como lo fue el marxismo, acabó continuando y perfeccionando ese mismo proceso, debilitándose así las identidades internacionalistas.

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Sobre el caso soviético, es un hecho que incontables militantes anarquistas se mostraron simpatizantes con la Revolución Rusa, hasta el punto que jóvenes anarquistas como Manuel Buenacasa en España llegaron a escribir artículos en Solidaridad Obrera simpatizantes con la revolución soviética, o que veteranos intelectuales libertarios históricos como Augustin Hamon abrazasen el marxismo, de igual modo que hizo Lucy Parsons, uno de los mitos históricos del movimiento norteamericano.

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¿Cómo se explica ese idilio de la militancia anarquista con el marxismo soviético? Es un tema aún por tratar en profundidad, pero fue algo más que evidente, ya que hay referencias múltiples de un trasvase de militantes anarquistas hacia el marxismo. El anarquista, judío y polaco Meishka Schulmeister, participante en las revoluciones de 1905 y 1917, constató a su llegada a Nueva York en 1923 esa evolución, para él un hecho del todo inexplicable y lamentable, hasta el punto que no pudo “participar ya en el movimiento. Muchos de mis antiguos compañeros se habían hecho bolcheviques, estaban dispuestos a hacer cualquier cosa por la Revolución, ¡Eran peores que los mismos bolcheviques! Había perdido la fe en el anarquismo, en los obreros, en la humanidad en general, (…) ¿Qué posibilidad había de que se llegara a una sociedad libre si los hombres podían comportarse tan mal? Los hombres deberían de ser más humanos. Pero no lo son. No han progresado, han retrocedido”3.

De hecho, entre 1917 y hasta la creación de la AIT anarcosindicalista en Berlín en 1922, o hasta el no definitivo de la IWW a la Internacional Sindical Roja, muchas organizaciones libertarias, como la misma CNT, se adhirieron provisionalmente a la iniciativa soviética, existiendo de facto en esos años, una corriente dentro del anarquismo con claras simpatías bolcheviques, que acabó favoreciendo que militantes de raíz libertaria optasen por apoyar el marxismo de la III Internacional.

Como es conocido en el caso Español4, entre destacados anarquistas aparecieron fuertes simpatías hacia la Revolución Rusa, mientras que una parte de ese ambiente acabaría abandonando la militancia libertaria en pos del marxismo.

En el caso de Argentina, Roberto Pittaluga, quien ha investigado sobre la recepción de las noticias revolucionarias de Rusia en el medio anarquista, nos muestra nuevamente esa diversidad de tendencias que aparecieron en el anarquismo a rebufo de los sucesos en el antiguo imperio zarista. De igual modo que en otras latitudes, aparecieron anarquistas que acabarían abrazando el marxismo y, de hecho, sostiene que entre 1917 y 1919 todos los principales referentes políticos del anarquismo apoyaron de una u otra forma la revolución rusa, aun cuando esas recepciones conservaran subterráneamente los disensos5. De hecho, hasta 1921 un periódico tan emblemático como La Protesta, mantuvo hacia Rusia su simpatía, llegándose a apoyar teóricamente conceptos como la transicional dictadura del proletariado6, motivando que apareciesen debates doctrinarios sobre el tema con el entorno del periódico La Antorcha, quienes fueron de los primeros en alertar y mostrar oposición a la Revolución Rusa. Según Pittaluga, no será hasta 1924 que el anarquismo argentino, en sentido amplio, marque nuevamente disonancias con el marxismo.

Una posible explicación de la fascinación de la militancia anarquista frente a la revolución soviética, más allá de la capacidad ilusionante de un proyecto revolucionario que, por primera vez en la historia, se asentaba en el tiempo y en un territorio, fue por la metodología insurreccional que utilizaron los bolcheviques. La misma revolución de octubre o el alzamiento espartaquista en Alemania, son ejemplos de un marxismo insurreccional que resultaba interesante para muchos jóvenes y no tan jóvenes anarquistas de entonces. Al fin de cuentas, si lo miramos desde una perspectiva histórica, el marxismo ligado a la II Internacional llevaba más de 20 años defendiendo vías parlamentarias y normalmente pacíficas, mientras que el anarquismo seguía apostando en casi todas sus corrientes por el violentismo insurreccional.

Ese marxismo alternativo a la II Internacional, partidario de la vía insurgente, fue visto por muchos anarquistas como simpático por sus medios, pues reafirmaban las concepciones estratégicas que hasta entonces preconizaban. Así pues, la estrategia bolchevique utilizada, sumado al voto de confianza internacional a quienes afirmaban estar creando un paraíso socialista, entre otros factores, como el mismo desarrollo de las conciencias nacionales, explicarían ese trasvase militante hacia las fórmulas marxistas. La crítica al vanguardismo bolchevique y los defectos relativos a la experiencia rusa tardaron en llegar y ser conocidos por parte del movimiento anarquista internacional.

De iniciativas como la revolución anarquista en Ucrania y su aniquilamiento por parte de blanquistas, nacionalistas ucranianos y bolcheviques, o de la represión en Rusia contra minorías comunistas, eseristas o anarquistas, tampoco se supo gran cosa entre 1917 y los primeros años de la siguiente década, lo que provocó que las primeras críticas al modelo soviético tardasen en ser conocidas en el seno del proletariado mundial. De hecho, la CNT no abandonó la Internacional Sindical Roja hasta que las informaciones de Ángel Pestaña7 y Gastón Leval fueron conocidas en territorio peninsular, lo que provocó la retirada de la central anarcosindicalista de la órbita de Moscú.

Cuando el anarquismo internacional reaccionó, se encontraba fuertemente reprimido o en plena clandestinidad a escala global, en algunas regiones dividido entre pugnas internas, mientras perdía militancia aceleradamente frente a un marxismo que cimentaba los primeros pasos teóricos hacia una sociedad comunista. Para cuando se fundó la nueva AIT anarcosindicalista en Berlín, en el año 1922, la organización más importante que la configuraba fue la CNT, por entonces fuera de la legalidad española, mientras que la IWW, ante aquella coyuntura, si bien consideró que no era apropiado acercarse a la órbita de la Internacional Sindical Roja de Moscú8, por ser una mera correa de transmisión de los bolcheviques, y aunque fue impulsora del congreso de Berlín y tener relaciones amistosas con la nueva internacional, siguió manteniendo su propia independencia y luchas intestinas.

La traducción de todo esto es que cuando llegó la reorganización internacional anarquista y anarcosindicalista, continuadora de los clásicos principios internacionalistas, se encontró con un contexto muy adverso.

A partir de entonces, si sumamos el propio desarrollo de los nacionalismos, la debilidad internacional del anarquismo en muchas latitudes hasta entonces muy presente, así como el desarrollo de un marxismo operativo bajo la óptica de los estados-nación, podemos concluir que las ideas internacionalistas y cosmopolitas entraron en crisis, lo que puede ayudar a explicar, en el caso concreto de España, la existencia de ciertos discursos nacionalistas en la CNT de los años ‘30, los titubeos con el parlamentarismo por parte de históricos anarquistas como Ángel Pestaña y su Partido Sindicalista, así como la aparición durante la contienda hispana de ministros anarquistas quienes, si consideraban teóricamente que el estado forjaba a la nación, en su praxis no hicieron otra cosa que políticas nacionales y ser agentes nacionalizadores.

Notas

1Pedro Esteve, A los anarquistas de España y Cuba. Memoria de la Conferencia Anarquista Internacional celebrada en Chicago en septiembre de 1893, Paterson, Imprenta de El Despertar, 1900. pp.78-80. http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000115965&page=1
2Pedro Esteve, A los anarquistas de España y Cuba. Memoria de la Conferencia Anarquista Internacional celebrada en Chicago en septiembre de 1893, Paterson, Imprenta de El Despertar, 1900, p.48
3Paul Avrich, “Meishka Schulmeister”. En: Anarquistas de Bialystok, 1903-1908, Barcelona-Manresa, Furia Apátrida & Edicions Anomia, 2009, p. 164.
4Aunque sea por su apartado dedicado a los apéndices o por sus numerosas citas, lo que nos ofrece una numerosa documentación primaria transcrita, resulta cuanto menos aún recomendable la lectura de Antonio Bar para comprender los posicionamientos del anarcosindicalismo español durante esos años: Antonio Bar, La C.N.T. en los años rojos. Del sindicalismo Revolucionario al anarcosindicalismo (1910-1926), Madrid, Akal, 1981.
5Roberto Pittaluga, “De profetas a demonios: Recepciones anarquistas de la Revolución Rusa (Argentina 1917-1924)”. Sociohistórica, 11-12, 2002, p. 76.
6Ibídem, p. 85.
7Como fuente, más allá del propio informe sobre sus estancia en la URSS, resulta muy interesante su “Setenta días en Rusia. Lo que yo vi”, una crónica con impresiones de su estancia en Rusia, en donde se palpa su viraje de cierto optimismo inicial a la decepción de los visto en la experiencia revolucionaria rusa, véase: Ángel Pestaña, Setenta días en Rusia. Lo que yo vi, Barcelona: Cosmos, 1924.
8Seguramente también influyó la pérdida de militantes de la IWW hacia organizaciones comunistas favorables a la Unión Soviética, hecho que se produjo en esos años.

Fragmento que publicamos de un artículo de Fran Fernández, enviado el original para un futuro dossier en la revista Rúbrica Contemporánea. Actualmente dicho artículo está en proceso de revisión. Para complementar la misma, y dado que la licencia de la revista lo permite, difundimos parte del mismo para que sea igualmente sometido a una revisión pública.

 

Escrito por Fran Fernández

Francisco Fernández Gómez. Doctor en Historia, investigador y docente. Apasionado de la historia social, los estudios sobre nacionalización, las nuevas tecnologías y la confrontación de pareceres.

5 comentarios

    1. Si desarrollaras más el punto te lo agradecería Sergio, puesto que eres la persona que mejor conoce el pestañismo.
      En cualquier caso, la reflexión final sobre el pestañismo en los años 30 no quita que Pestaña y otros anarcosindicalistas tildados de moderados, fueron los que, por ejemplo, más tempranamente fueron críticos con la deriva jerárquica soviética.

      Y finalmente, no hay que olvidar el contacto histórico entre el anarquismo ibérico y ciertas corrientes republicanas, lo que explica, por ejemplo, ciertas similitudes discursivas, en cuanto el hecho nacional, entre ambos movimientos…

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  1. Muy interesante. El internacionalismo es la idea prima que reune a todos los seres humanos en la idea de que, seas quien seas y seas como seas, todos somos iguales, con derecho a las mismas libertades que los demás. Y la globalización, ese aparente internacionalismo, no es más que una homogeneización de la sociedad, como ya lo decía Samir Amin hace mucho tiempo.

    Las fronteras son las cicatrices de la humanidad.

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  2. Lo que hace el marxismo es “adaptarse” a las características económicas y sociales de cada país, por eso no son iguales las políticas de los gobiernos socialistas de Yugoslavia, Cuba, la URSS,etc. Y sobretodo, el discurso nacionalista de los países comunistas sirve para reforzar sus gobiernos, sobretodo les ha sido muy útil para señalar el enemigo imperialista exterior, para justificar sus políticas o problemáticas sociales que sufren, así la culpa de estas problemáticas siempre pueden señalarse a las fuerzas imperialistas y que la población no cuestione el gobierno.

    Respeto a la CNT, es cierto que en la Guerra Civil repasando discursos de ministros com F.Montseny o García Oliver y la propaganda de carteles o artículos en la “Soli”, hacía un discurso que ahora consideraríamos españolista, también lo hacían para señalar el fascismo como un mal extranjero, italiano o alemán. Pero claro, en una organización internacionalista y federalista como la CNT estos discursos no dejan de ser contradictorios.

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