Debate Nacionalismos

¿Nació Marruecos en 1956?

Introducción atemporal

Este texto se escribió hace ya unos años, respecto a la afirmación de que, antes de su independencia en 1956, Marruecos no existía como país. Tal afirmación es muy frecuente en las redes sociales, pero también en ese mundillo «historiográfico» que se está dando en ciertos ambientes que entrecruzan políticos, periodistas, editores y algún historiador, pero sobre todo aficionados a ella, lo cual en sí no es malo pero da cierta propulsión a afirmaciones como estas. El caso es que como resultaba tan absurdo y ridículo que, pasados algunos días, parecían no tener importancia, y solo correspondía a otro episodio de eso que llaman «Guerra Cultural» donde los nuevos héroes hispánicos deben derrotar al marxismo cultural y a la ETA.

Pero, he aquí que vemos que tal afirmación ha calado hondo, como se puede observar en medio de las nuevas y no tan nuevas polémicas. Así que se hace necesario publicar algo al respecto e invitar a la reflexión sobre la Historia en la sociedad.

La afirmación de que Marruecos existe a partir de 1956 se da principalmente en los foros sociales cuando se debate sobre la soberanía de las ciudades Ceuta y Melilla, hoy españolas. Para no entrar en detalles sobre su historia compleja (en la que tuvieron una multiplicidad de situaciones y contextos), se simplifica, para los partidarios de su españolidad, resolviendo la cuestión en que Marruecos aparece como país en 1956, año de su independencia respecto a Francia y España, tras medio siglo de «Protectorado».

¿Existió Marruecos antes de 1956? La respuesta rápida: sí. ¿Eso dice algo sobre Ceuta y Melilla o soberanías? No, o no debería. En las siguientes líneas, la respuesta lenta, que espera servir como una pequeña introducción no solo sobre la historia de Marruecos, sino cómo interpretamos lo que ha ocurrido en la Historia según nuestros conceptos, marcos de pensamiento y afinidades.

Fuente: Instituto Geográfico Nacional. Este mapa está digitalizado.

Marcos interpretativos y fuentes históricas sobre Marruecos

En los ambientes académicos se suele trabajar en el marco conceptual con las que iniciamos un trabajo, pero también para interpretar los de otros autores, o de los anteriores. Tal labor se hace porque permite vislumbrar el por qué, el para qué y el cómo se escribió y dijo lo que se escribió y dijo.

En este caso, vemos un perfil entre la población española, blanca, con pocos (o nulos) conocimientos de la compleja historia del Magreb, y concretamente la de Marruecos. Este perfil realiza estas afirmaciones, a menudo repitiendo en pocas líneas las mismas palabras una y otra vez. La única fuente primaria: la independencia de Marruecos de 1956. ¿Las otras? Pues quizás que en China no es escribía exactamente «Marruecos». Pero no hay investigación alguna, ni tan siquiera un desarrollo racional de algún relato que justifique estas afirmaciones. Opiniones ante lo que creen que son hechos, que todos deben admitir aunque no haya nada concretado ni desarrollado.

En estos relatos se da la sensación que antes lo que existía eran los Protectorados de Francia y España, y antes de aquello, tribus y clanes familiares que vivían en cuevas y cabilias. Algún avispado hará alguna referencia en las hemerotecas de algunos de los conflictos que se dieron en el siglo XIX con los pastores marroquíes que procuraban acceder a los terrenos altos que hoy se denominan García Aldave (concretamente, frente a Anyera) y hoy son parte de Ceuta. Pero es muy mal ejemplo, porque estos pastores reclamaban a su sultán, el emperador del Imperio de Marruecos. Así lo especificaban las propias noticias españolas. Y así lo vemos en las novelas de Benito Pérez Galdós, escritas antes de 1956. Galdós hablaba de un emperador de Marruecos, y de su hermano como general durante aquel conflicto de 1859-1860. Galdós hablaba de ellos como los gobernantes de un reino independiente. Aunque también menciona de la fiereza de la población popular, y de la falta de organización moderna del ejército marroquí, sí dejaba claro el refinamiento y el orden de su gobierno y élites. Suponemos, con esto, que Galdós será uno de esos «enemigos» de España que afirma la existencia de Marruecos antes de 1956. Encima, uno de los protagonistas de Aita Tettauen, su novela más representativa al respecto, ambientada en la Guerra de Tetuán, es un renegado español. Dios los cría y ellos se juntan…

Otro que conocía «Marruecos» era… Miguel de Cervantes. En el propio Don Quijote de la Mancha. Léase el capítulo LI de la primera parte. En el V de la segunda parte habla de los almohades de Marruecos. Pero es mucho antes, cuando nuestros cronistas usan con bastante obsesión la palabra «Marruecos»: el libro tercero de la Descripción de África de Luis del Mármol y Carvajal, se titula (adaptados las y griegas y otros detalles fonéticos) «De la descripción de África en la cual se contienen las provincias, ciudades y villas del Reino de Marruecos». Su fecha es 1573. Del mismo año, Fray Juan Bautista publicó una biografía de Abdelmalik I (1541-1578), que en el título se le designaba como emperador de Marruecos, y por ello, rey de Fez, Mequinez, Sus, etc.

En el buscador de la página web PARES (Portal de Archivos Españoles), una plataforma que unifica los archivos históricos de España, de gran utilidad (cuyo uso aconsejamos efusivamente), podemos encontrar infinidad de documentos sobre un Marruecos como país antes de 1956. Existe del año 1201 un acuerdo de alianza entre el rey de Navarra con el de Inglaterra (ESTADO, 2724, Exp. 15, Archivo Histórico Nacional), en el que se prometen auxilio contra todos, excepto contra eñ «Moroccoram Rege«. En 1488 vemos un requerimiento (CIERVA, C. 85, D. 2, Archivo Histórico de la Nobleza) de Teresa de Guzmán, Señora de Ayamonte, para que el Obispo de «Marruecos» aceptase unas bulas de Inocencio VIII sobre los diezmos de su señorío. Pero es verdad que en este caso no se refiere a un reino musulmán. Pero en una carta de 1539 en la carpeta «Cartas del Emperador; Mohamed el Hazem, rey de Túnez; Pedro de Oña, veedor y otros. Memoriales. Cuentas de diversos gastos de Italia. Años 1536 – 1551» (GYM,LEG, 14), del Archivo de Simancas sí vemos al reino de «Marrocco». Del mismo reino, pero en 1548, un informe del alcalde de Gibraltar bajo la signatura SANTA CRUZ,C.62,D.131 del Archivo Histórico de la Nobleza. Y podemos seguir, pues la cantidad de ejemplos es abrumadora.

Archivo Histórico Nacional, ESTADO, 2724, Exp. 15.

No vamos a quedarnos con los libros y archivos. También con los conceptos: debemos preguntarnos por qué quienes hablan de que Marruecos nace en 1956 no dicen lo mismo de España en 1812, cuando se independiza del yugo napoleónico e inicia la llamada «Guerra de Independencia». Al fin y al cabo, antes era un conjunto de reinos: Castilla, Aragón, Navarra, León, Nápoles (cuando se tuvo), Portugal (ídem), Borgoña (que nos dio la famosa bandera que estos nostálgicos quieren restituir)… Y la población hispana ha tenido su mejor reflejo en… las novelas picarescas, por lo que eso del salvajismo que nuestros clásicos dan a los magrebíes bien los podemos aplicar a nuestros abuelos.

En cualquier caso, el antiguo Imperio español era un mosaico de entidades políticas unificadas en torno a un soberano. No existía un concepto patriótico ni nacional, sino cierto sentimiento de pertenencia a una comunidad e ideas religiosas: principalmente el catolicismo. Y la obediencia a un señor terrenal, el rey, a su vez siervo de la citada religión.

Por su parte, Marruecos en el siglo XV contó con varios reinos perfectamente equivalentes a los ibéricos: Fez y Marrakech, más algunas otras entidades, como las ciudades de Salé o Tetuán. Asimismo, debemos mencionar que el Imperio Almorávide, al igual que después el Almohade, que dominaron la península ibérica, eran, en realidad, entidades magrebíes. La principal capital fue Marrakech, siendo Sevilla solo la de una de sus provincias. Buena parte de Al Andalus fue bajo este dominio, marcado por una gran influencia bereber, y es cierto que los musulmanes ibéricos tuvieron tensiones ante esta situación, porque no se veían como iguales a los magrebíes en cultura e identidad, más allá de compartir una religión que para los ibéricos no fue impuesta, sino asimilada tras la caída de los visigodos, con los cuales también existieron tensiones, incluso más graves.

En cuanto al Magreb debemos comentar que «Marruecos» es una castellanización, más o menos corrupta, de «Marrakech», y que con ese nombre se refería al conjunto de reinos, o al correspondiente imperio hegemónico, de la región magrebí más inmediata a las costas ibéricas. «España» siempre fue una denominación más o menos popular hacia los reinos ibéricos que ocupaban la zona geográfica conocida por los antiguos romanos como «Hispania». Los reinos nacían y desaparecían con mucha frecuencia, pero la denominación de la región geográfica solía permanecer. La cuestión es que, tras el reinado de los Reyes Católicos, la unificación de Castilla y Aragón es un hecho, y con Felipe II, se da la unidad ibérica, si bien cada reino seguía siendo, al menos teórica y formalmente, independiente. Estaban unidos por la persona de su monarca, principalmente. Mientras tanto, este fenómeno se repite en el Magreb en el siglo XVI, cuando la dinastía Saadí no solamente toma la totalidad del actual Marruecos, sino que lo amplía, penetrando por el interior hasta Tombuctú, siguiendo la ruta comercial orientada hacia esta importante ciudad. Serán sucedidos por la dinastía alauita en el siglo XVII, que es, por cierto, la que actualmente gobierna en Marruecos. Eso sí, ni los saadíes ni los alauitas tuvieron en sus manos ni Ceuta ni Melilla (recuperando, en cambio, varias posesiones portuguesas). Pero esto no supone que los reinos anteriores sí tuvieran esas ciudades.

Posteriormente la existencia de Marruecos es un hecho que no da cabida a duda alguna. Para los ceutíes que conocen su historia, menos: el gran cerco de 1694 a 1727 lo llevó a cabo no un sultán turco, sino de Marruecos: Muley Ismail. Fue una entidad política independiente que preocupó a la Europa del siglo XIX por diversas cuestiones, como por ejemplo su permisividad con los piratas berberiscos. A mitad del mismo siglo Francia tomará represalias contra Argelia y Marruecos, los británicos bloquearán el puerto de Tánger y la propia Austria bombardeará las costas marroquíes. En 1790 el sultán de no otra cosa que Marruecos Al Yazid ordena un sangriento cerco contra Ceuta. España entrará en el conflicto con el reino con la famosa guerra que terminará en 1860.

Bala de cañón en el baluarte del foso de Ceuta, unas murallas repletas de impactos de cañón. Pueden preguntar a quienes defendieron la ciudad en el siglo XVII si había o no había un imperio marroquí.

En 1912 se establecen los Protectorados francés y español en Marruecos. La base jurídica se estableció en la Conferencia de Algeciras de 1906, donde un tal «sultán» de algo llamado «Marruecos» estuvo presente como el gobernante de un país soberano, pero ante sus conflictos políticos internos, podía pedir ayuda a Francia, España y Alemania. En esa Conferencia se le trató como «majestad». Como se preveía, en 1912, incapaz de contener la oposición interna, el sultán solicitó ayuda a Francia y firmó el Tratado de Fez. Ya entonces se había conseguido apartar las pretensiones alemanas, pero Francia contó con la participación de España. La idea era que el «reino» de Marruecos tuviese un apoyo militar, policial y administrativo. Pero, de facto, dio el control a sus «apoyos»: Francia y España. Pero el Protectorado siempre tuvo capacidad interna para decretar sobre sus súbditos y ejercer ciertas funciones, o tener sus propias instituciones o ejercer una religión oficial propia diferente a la metrópolis colonial. Jamás se le despojó de su soberanía y autonomía, al menos oficialmente. Por eso Ceuta y Melilla jamás fueron parte, del mismo modo que Tánger, (ciudad internacional entonces) de aquel Protectorado.

En cuanto Ceuta, la histórica ciudad ha estado bajo distintas soberanías durante la Edad Media tras su etapa bizantina: fue parte del Califato de Córdoba; del Reino Nazarí; del de Fez; y también fue independiente, bajo la ilustre familia de los Azafi. Pero cuando en 1415 los portugueses conquistan la ciudad, sin duda alguna Ceuta era vasalla del Reino de Fez, como así recogen los cronistas lusos como Eanes de Zurara. El alcalde de Ceuta que pidió ayuda a su soberano, sin éxito, se llamaba Salah ben Salah. Un escritor, Al Ansari, dejó una detallada descripción de la Ceuta musulmana, «Ijtisar al ajbar».

Melilla, por su parte, se siente heredera de la cartaginesa Rusadir. Pero su nombre aparece en la época andalusí en el siglo IX. Las constantes disputas entre reinos magrebíes y andalusíes hará que se encuentre abandonada, aunque formalmente fuera parte del Reino de Fez. Una expedición castellana la repuebla en 1497.

La Historia no da soberanías sino explicaciones

La Historia no puede valer como argumento alguno sobre las libertades y voluntades actuales. Si los ceutíes quieren ser españoles, deben ser españoles; si los gibraltareños quieren ser ingleses, deben ser ingleses; si los catalanes no quieren ser españoles, entonces no deberían serlo. Se trata de una cuestión de soberanía popular, reconocida por la Declaración de los Derechos Humanos, y en las raíces de la ONU. Pretender que España sea de Italia porque fue parte del Imperio Romano, o más curiosamente, que se disuelva en centenares de entidades o mini Estados reproduciendo la configuración de los antiguos íberos, o que España reclame todo el Magreb recordando el Califato de Córdoba (que en la capital de dicha entidad eran ibéricos, musulmanes pero su demografía era latina e íbera entonces), simplemente es algo que no se sostiene ante la realidad actual. O Ceuta, cuyo primer asentamiento es… fenocio: del actual Líbano. Simplemente lo que vemos son anacronismos no ya político sino demográfico y cultural.

Pero también es un anacronismo el nacionalismo excluyente, la Patria como modo de propiedad colectiva contra otros colectivos, y las fronteras de hierro. En un mundo donde la economía y la propia vida cotidiana se hace realidad en los intercambios de materiales, objetos, finanzas y técnicas, en influencias culturales constantes y diversas, las ciudades y territorios deberían ser los más abiertos posibles, resolviendo sus problemas y conflictos como cualquier sociedad los ha resuelto. Debería importar poco la nacionalidad de Ceuta, Melilla, Gibraltar, Tetuán o Madrid. Desgraciadamente, se mantienen ciertos continuismos y nos encontramos antes estas tensiones de competencia, exclusión y desigualdades.

Ante esto, debemos reflexionar ese papel de la Historia como esa especie de requisito legitimizador, como un tipo de reclamación. Realmente, en la época de las monarquías absolutistas y en el contexto de las «propiedades» de las Coronas, era un auténtico «casus belli» si algún lugar había sido «de» algo o alguien, pero no en tanto a una esencia nacional de la tierra, sino a una propiedad supuestamente arrebatada de un modo ilegítimo. Este modo de pensar se reproduce en las sociedades contemporáneas y se compara con problemas más reales y presentes como los desplazamientos de la población usando la fuerza militar y colonial. Problemas de la población actual que por haberles ocurridos a ellos o sus familiares más directos, realmente lo viven. En cambio, un cartaginés que hoy podría estar asociado a Túnez, parece que hoy no puede reclamar, no sin perder cierta seriedad, la ciudad de Cartagena, pese a sus indudables orígenes cartagineses.

Sobre estas cuestiones de soberanías, territorios y nacionalismos, la Historia ha demostrado que son construcciones humanas: no existe una España o Marruecos que se correspondan a la naturaleza o a la vida, a algo Eterno, como sueñan los patriotas. Han tenido diversos nombres y límites geográficos, si es que los había, porque íberos y magrebíes no los conocieron hasta bien entrado el Neolítico. Los seres humanos nos hemos unido de muchas formas: por pequeños grupos, por clanes familiares, por ciudades Estado, por compartir idioma, por comunidades religiosas, por lealtad a un amo… El modelo predominante actual, el Estado Nación, es posterior a todo ello, y resultado de numerosos acontecimientos históricos, cuya selección configura su identidad, para diferenciarse de otros Estado Nación con los que compite o no se une. El hecho de ser el resultado de una larga Historia y abarcar poblaciones enteras, no desmiente su construcción puramente humana, relativa y hasta arbitraria. No existen criterios objetivos para determinar qué territorio le pertenece a cada Estado, y todo se reduce a la voluntad de sus poblaciones, cuya manifestación y materialización se hace por las vías políticas, con resultados rara vez asumidos, porque al ser tanto la Nación como las vías políticas construcciones humanas en determinadas épocas y contextos, son siempre relativizadas y puestas en duda.

Dejemos al Derecho, la Diplomacia y a las voluntades de las personas que resuelvan sus cuestiones en sus respectivos ámbitos. La Historia, como tal, solo puede dar explicaciones e informaciones del pasado. Poco más. Pero Marruecos existió antes de 1956, y quienes lo hayan creído deben reflexionar por qué han sido tan «cándidos» para aceptarlo, o sobre los prejuicios que hayan podido tener y que los han arrastrado a una aceptación tan simple sin tener tan siquiera la curiosidad de comprobarlo o contrastarlo.

1 comentario

  1. Muchísimas gracias por tan excelente artículo. Yo me crie en Melilla y procuraron inculcarnos el cuento ese de que Melilla ya era española antes de existir el Reino de Marruecos. Nosotros (un pequeño grupo de amigos) no nos sentíamos ni españoles ni marroquís, nos reivindicábamos como Rifeños. Eso sí, éramos muy jóvenes y lo hacíamos más por rebeldía que por convencimiento.

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