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¡Ni rendición ni huertos de aislamiento! La autonomía obrera se construye en el corazón de la explotación

El proletariado no es una pieza de museo. Quienes reducen nuestra clase al obrero textil del Mánchester del siglo XIX o al estereotipo del trabajador industrial de mono azul cometen un error conceptual profundo. El proletariado es la relación social fundamental y permanente del capitalismo. Se define por una posición objetiva: el antagonismo irreconciliable entre quienes, desposeídos de todo medio de producción, nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo, y quienes la compran para extraer de ella la plusvalía.

Desde el asalariado de los servicios hasta el tecnólogo digital, formamos el núcleo de un sujeto histórico cuya potencia revolucionaria no depende de su cultura, estética o vestimenta, de su nivel de consumo o su sector de actividad, sino de su papel en el proceso de reproducción del capital. Este análisis materialista choca de frente con las tesis de los popes del anti industrialismo radical y su entorno, quienes pretenden sustituir la centralidad de la explotación económica por fetiches abstractos como la «megamáquina», diluyendo el conflicto de clases en una oposición moral contra la tecnología y olvidando que las máquinas no son entes autónomos con voluntad propia, sino la forma concreta que adopta el capital constante para exprimirnos de manera más eficiente.

El corpus discursivo del anti desarrollismo radical y del post modernismo ácrata no es un cuerpo teórico consistente, sino una doctrina basada en el desencanto histórico. Su premisa central decreta que el desarrollo tecnológico ha absorbido por completo las capacidades de resistencia de la clase trabajadora, sentenciando la desaparición fáctica del sujeto revolucionario. Desde una perspectiva metodológica rigurosa, este planteamiento sustituye las contradicciones materiales del capitalismo por una ontología de la derrota. Al clausurar la posibilidad de que el sujeto se reconstituya a través del conflicto, abandonan la praxis y se transforman en una crónica sentimental del desastre ecológico, del colapso capitalista y de la rendición sin combate. Una perspectiva política real exige una articulación coherente entre el diagnóstico y la acción posible; al carecer de esta última, el anti industrialismo se desliza hacia un determinismo estructural donde la transformación social queda cancelada de antemano.

Este marco doctrinal produce un rechazo sistemático hacia las expresiones contemporáneas del conflicto social. Para el anti desarrollismo radical, cualquier intento de organización colectiva —ya sea en el ámbito sindical, vecinal o asambleario— es catalogado inmediatamente como una reforma integrada o una mediación funcional al Estado y al capital. Esta exigencia de una pureza metodológica absoluta ignora cómo se construye históricamente la autonomía obrera.

La conciencia de clase no emerge de forma madura en entornos aislados, sino que se desarrolla de manera contradictoria dentro del tejido social, mediante el acierto y el error en las luchas concretas por la subsistencia y la libertad. Al descalificar a priori todo intento de intervención real, este discurso neutraliza las herramientas de resistencia de los sectores explotados. Su maximalismo se traduce en una apología de la inacción que favorece la preservación del orden establecido al negar la viabilidad de cualquier oposición organizada.

Lejos de constituir una ruptura teórica original frente a la modernidad, el anti industrialismo, anti obrerismo clasista y anti desarrollismo reactivan viejas desviaciones ideológicas. Su propuesta de repliegue agrario e idealización rural guarda una estrecha consanguineidad con el populismo narodnik ruso del siglo XIX, que pretendía saltar al socialismo mediante la preservación mística de la comuna campesina, ignorando el desarrollo de las fuerzas productivas y la centralidad del proletariado.

Asimismo, se inscribe de lleno en el diagnóstico del romanticismo anticapitalista: una respuesta alienada que, horrorizada ante la brutalidad de la reificación tecno-industrial, es incapaz de vislumbrar las contradicciones revolucionarias inherentes al propio desarrollo del capital. Al carecer de un anclaje materialista, la crítica anti desarrollista retrocede desde la ciencia social hacia la nostalgia preindustrial, sustituyendo la superación dialéctica del capitalismo por una añoranza reaccionaria del pasado precapitalista.

El desenlace práctico de una teoría que niega al proletariado y desacredita la organización de los revolucionarios es la apología del aislamiento. Ante la supuesta invulnerabilidad de la trama tecno-industrial, exhortan a abandonar los centros urbanos y productivos para retirarse al medio rural a cultivar un huerto: Sempruni y Camatte, entre otros. Hay que señalar el carácter profundamente conservador de esta propuesta: la autosuficiencia agraria a pequeña escala no constituye una estrategia de acumulación de fuerzas ni crea bases de apoyo para la subversión. Por el contrario, representa una retirada de los puntos neurálgicos donde se extrae la plusvalía y se ejerce la dominación política.

El huerto y el jardín domésticos se configuran así como espacios de ascesis individual, donde el sujeto busca salvaguardar su coherencia ética personal a expensas de la renuncia a la transformación colectiva. Esta traslación de la política al terreno de la moralidad privada constituye una capitulación frente a las exigencias de la emancipación social.

El sujeto revolucionario no se constituye mediante la evasión de las contradicciones del presente, sino mediante su resolución activa.

El desarrollo de proyectos agrícolas puede poseer un valor significativo en términos de sostenibilidad biológica o bienestar personal, pero no combate por la abolición del modo de producción capitalista ni de sus estructuras estatales. Frente a las corrientes que proponen el repliegue contemplativo, la tarea urgente de nuestro tiempo exige reafirmar que la emancipación del proletariado continúa estrictamente vinculada a su capacidad para organizarse en los lugares de explotación y dominación.

Sostener el conflicto social allí donde este se manifiesta implica rechazar de forma categórica las fórmulas de aislamiento que diluyen la acción colectiva en el espacio cerrado de la huerta privada. La disyuntiva actual es clara: o elegimos la construcción colectiva de la autonomía obrera en el corazón del conflicto social, o aceptamos la renuncia melancólica de quien confunde la emancipación de la humanidad con el cultivo solitario de su propio jardín.

Frente a la oleada de huelgas, manifestaciones, luchas y movilizaciones masivas que hoy sacuden las calles y los centros de producción en toda Europa, la respuesta no puede ser el aislamiento individualista: el cultivo del huerto, sino la extensión de la lucha y la autoorganización de nuestra clase.

Agustín Guillamón.

Barcelona a 7 de noviembre de 2026.

i Quien quiera profundizar en la cuestión puede consultar el texto de GUILLAMÓN, Agustin: “Del situacionismo al abismo”, disponible en diversas webs.

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