“La verdad hiere, y no tengo pelos en la lengua ni moho en la pluma”.
Así finalizaba Indalecio Prieto su prefacio a la edición mexicana del libro Cómo y por qué salí del ministerio de Defensa Nacional, publicado en México en mayo de 1940. Apenas medio año antes, en octubre de 1939, el mismo texto se había publicado en Francia, en forma de folleto, durante el exilio del exministro español y líder socialista, poco después del inicio de la nueva guerra mundial. Por último, existe una tercera edición, muy posterior, publicada por la Fundación privada Indalecio Prieto y la Editorial Planeta en 1989. Esta última lleva un esclarecedor subtítulo: “Una vibrante denuncia del papel que desempeñó el Partido comunista ruso en la política española durante la guerra civil”.
En el prólogo de la primera edición, la francesa de octubre de 1939, Indalecio Prieto adelanta las causas que le hicieron caer en desgracia en abril de 1938, cuando fue destituido como ministro de Defensa y obligado a salir del gobierno republicano del doctor Juan Negrín. Entre tales causas destacan dos acciones paralelas llevadas a cabo contra él, simultáneamente, por los militares rusos establecidos en el país y por los comunistas españoles. Estos últimos, adquirida ya una gran influencia desde mayo de 1937, cuando acabaron con el POUM y desplazaron a la CNT del gobierno, obedecían la consigna dada por los rusos para derribar a Prieto, según expresa en el mismo prólogo. Esta palabra, “consigna”, adquirió entonces un significado más allá del puramente militar que la define como orden dada por un mando a sus subordinados. Como expresó Prieto en su caso particular, las consignas guardaban frecuentemente reminiscencias vigorosas del “calumnia que algo queda”, un precedente más de lo que hoy conocemos como los bulos mediáticos que pretenden acabar con la reputación de una persona, una organización e incluso un gobierno. En aquel entonces, Prieto scripsit, los rusos ordenaban y los comunistas españoles obedecían.
En aquel primer prólogo de octubre de 1939, edición gala, del folleto Cómo y por qué salí del ministerio de Defensa Nacional, Prieto dató el origen del texto: se trataba del discurso, a modo de informe que, el 9 de agosto de 1938, pronunció durante dos largas horas y media en Barcelona, acerca de su salida del gobierno en abril de ese mismo año, ante el comité nacional del Partido Socialista Obrero Español, reunido en pleno, y bajo un gran retrato del fundador del partido. Aquel documento, entonces todavía inédito, era una copia taquigráfica, completamente literal, de dicho discurso. El taquígrafo que recogió y transcribió las palabras de aquel último pleno del Partido Socialista en suelo español, cuyo nombre no aparece en ninguna de las ediciones del libro de Prieto, fue Alejandro Elías Ponciano Pavo, funcionario del Estado, nacido en San Vicente de Alcántara, provincia de Badajoz, en Extremadura, el 20 de julio de 1895, y fallecido en México DF el 5 de mayo de 1945. Su historia es una más de las muchas de aquellos exiliados a cuya descendencia ahora se niega el reconocimiento del derecho al voto, tan triste como la de su esposa, Carmen Jurado Barrero, natural de Málaga, nacida en 1894 y fallecida en fecha y lugar desconocidos, y la de su ahijada, huérfana acogida cuando era niña, Magdalena Flores Fernández, nacida en 1912 en Torre de Santa María, provincia de Cáceres. En sus vidas de destierro se mezclan el cansancio, la desesperación y la pena extrema, un cansancio sin nombre como lo denominó Cernuda en su Impresión de destierro, una desesperación que era desesperanza, como lo denominó Max Aub en un artículo publicado en El Nacional de México del 9 de mayo de 1947, una pena adulta que llora, con vagido informe de dolor recién nacido, como la denominó Juan José Domenchina en su Tercera elegía jubilar.
La taquigrafía: ciencia, arte y cultura.
Alejandro Ponciano aprendió su oficio en la Escuela especial de Taquigrafía de Madrid, sita en el Instituto de San Isidro, una cátedra auspiciada por la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. Allí cursó taquigrafía entre 1916 y 1918, obteniendo algún que otro premio a su esfuerzo (La Correspondencia de España, 22-06-1919, p. 4). Poco antes había estudiado esa misma disciplina, en esa misma escuela, Clara Campoamor, que se preció de ser taquígrafa durante toda su vida, antes que abogada y política, y a cuyo oficio siempre dedicó buenas palabras, como se desprende de su discurso impartido ante la Sociedad Económica Matritense cuando fue acogida como miembro de pleno derecho, el 15 de abril de 1928:
“Mirad en torno vuestro, y no encontraréis un taquígrafo, si lo es de verdad, que sea solamente taquígrafo, porque el conocimiento y la utilización completa y práctica de su arte le ha obligado de modo tal a completar su cultura, que, si no las poseía, insensiblemente ha ido alcanzando zonas culturales cada vez más distantes y amplificadoras de su punto inicial”.
Cabe decir que, en 1918, mientras Alejandro Ponciano estudiaba taquigrafía en Madrid, Clara Campoamor opositó al cuerpo de taquígrafos del Congreso de los Diputados. Entre 62 opositores solo figuraban tres mujeres: la misma Clara, Eulalia Lapresta y María Luisa Ortega. Ninguna de ellas obtuvo plaza.

Los años previos al ingreso de Alejandro Ponciano en la función pública se pierden en el laberinto de la memoria, “devanadora de cabos sueltos, remendona de infinitas piezas”, como la definió Enrique Díez-Canedo en sus poemas sobre el destierro (Capacidad de olvido). Sabemos que en marzo de 1930 opositó a plazas de Profesores de Taquigrafía y Mecanografía de institutos nacionales de segunda enseñanza, plaza que obtuvo y ocupó en su primer destino en el Instituto de Segunda Enseñanza de Badajoz, hoy el Bárbara de Braganza (La Libertad, Badajoz, 03-07-1930, p. 1). Era esta una materia a impartir en clases vespertinas, que venía a complementar los estudios de bachillerato y abría el futuro al trabajo en el mundo empresarial, no solo por el conocimiento de la estenografía, sino por el uso y velocidad en el manejo de la máquina de escribir, invento omnipresente que aturdía las oficinas del momento, “destino de trueno y rayo”, como llamó Pedro Salinas a las teclas:
“Despiértalas”, escribió, “con contactos saltarines de dedos rápidos, leves, como a músicas antiguas. Ellas suenan otra música: fantasías de metal, valses duros, al dictado” (Underwood girls).
Para estas fechas Alejandro Ponciano ya se había casado con Carmen Jurado Barrero, natural de Málaga, apenas un año mayor que él y maestra de profesión. Ambos unirían sus vidas en un destino que habría de transitar entre tiempos felices y tiempos amargos, en compañía de la ahijada de ambos, Magdalena Flores Fernández, nacida en 1912 en Torre de Santa María y acogida por el matrimonio Ponciano Jurado siendo aún niña. A pesar del acogimiento, Magdalena nunca cambió sus apellidos biológicos.

Las palabras que Concepción Arenal dedicó a quienes ejercían la taquigrafía y su cultura no iban desencaminadas. Después de dos dictaduras consecutivas, la de Primo y la de Berenguer, tiempo de calaveras con medallas, protagonistas de la escena pública, militares ufanos del horror y barbarie ejercidos en las guerras de África, llegó el momento de los intelectuales, con el afán de la República por llevar la cultura a cualquier rincón de España, ya fuera a lomos de acémila con las Misiones Pedagógicas o sobre el tablado de compañías teatrales como La Barraca.
Miembro de los jurados mixtos y director de La Verdad Social.
Poco antes de esa explosión de vida cultural a cargo de las instituciones, en 1930, Alejandro Ponciano ingresó en la Agrupación Socialista de Badajoz y en la sección de oficios varios de la UGT. Bien posicionado, amigo personal de otros socialistas pacenses del momento, como los hermanos y hermanas Landa Vaz o Narciso Vázquez Torres, llegada la República pasó a ocupar la presidencia de la primera Agrupación de Jurados Mixtos industriales de Badajoz y a ser presidente adjunto del Jurado Mixto del Trabajo Rural de la misma capital, actuando como delegado del Gobernador Civil de la provincia.
Persona conciliadora y cabal, medió de forma destacada en litigios y negociaciones entre la patronal y los obreros, como su participación en las negociaciones sobre la recolección de la aceituna en Almendralejo en noviembre de 1931, cuando se lograron mejoras para los obreros de la recogida (La voz extremeña, 22-11-1931). Ya fueran de Jaén o de Almendralejo, Miguel Hernández escribió de aquellos aceituneros:
“¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!”.
(Vientos del pueblo).
Una de sus más sonadas mediaciones fue la que llevó a cabo con relación a los sucesos de Llerena de marzo de 1932, liderados por los grupos troskistas de Grandizo Munis. Gracias a Alejandro Ponciano se logró la liberación de 32 presos procedentes de pueblos como Llerena, Reina y Casas de Reina, implicados en la ocupación de tierras. Su labor en las comisiones mixtas continuó durante los hechos de octubre del mismo año, el octubre rojo extremeño, con motivo de las invasiones de fincas por jornaleros de toda la provincia de Badajoz.
Ponciano compaginó su labor en las comisiones mixtas con su participación en el periódico La Verdad Social, cuyo origen está en Azuaga y que acabaría convirtiéndose en el órgano de prensa oficial de la UGT de Badajoz. En sus declaraciones durante el exilio que habría de venir declaró haber sido director de este medio, que desapareció en 1936, tras la entrada de los fascistas en la capital del Guadiana.
A finales de 1935, debido a que no existían apenas matrículas de taquigrafía y mecanografía en el Instituto de Badajoz, marchó a Madrid, junto a su esposa Carmen y a su ahijada Magdalena, a ocupar la misma plaza en el Instituto Lope de Vega (Boletín oficial del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, 19-11-1935, pp. 2744-2745). Su conocimiento de la realidad local de los municipios pacenses hizo que no perdiera contacto con la realidad extremeña, como lo demuestra el hecho de que fuera designado por algunos ayuntamientos como enlace en Madrid para solventar ante el Gobierno cuestiones administrativas municipales (designado por el pleno del Ayuntamiento de Montijo del 11 de abril de 1936, con un haber de 300 pesetas anuales, y destituido mediante pleno de la gestora municipal del 20 de septiembre de 1936, actas correspondientes a los plenos mencionados).

Taquígrafo del Congreso de los Diputados. El último pleno del PSOE.
Su cualidad como estenógrafo le hizo entrar pronto en relación con la ferviente actividad política que se vivía en el Congreso de los Diputados. Por su expediente como refugiado sabemos que fue designado taquígrafo de la minoría socialista en la cámara, liderada entonces por Indalecio Prieto, quien había estudiado también taquigrafía y ejercido el oficio en periódicos de Bilbao como La Voz de Vizcaya y El Liberal, en sus inicios en la vida pública. Aunque no hemos encontrado el nombre de Alejandro Ponciano en la nómina del Cuerpo de Redactores Taquígrafos y Estenotipistas de las Cortes Generales de aquellos años, es muy seguro que formara parte -si no de pleno derecho, de forma tangencial- de dicho cuerpo como auxiliar, temporero o supernumerario. En las cartas que envió a Indalecio Prieto, en los tiempos del exilio, siempre le recordó sus simpatías hacia el Cuerpo de Taquígrafos, al que él decía pertenecer de pleno derecho, y sus horas pasadas en la cafetería del Congreso de los Diputados, en compañía de otros taquígrafos que sí aparecen en la plantilla oficial, como Víctor Salazar Herrero, Felipe Félix Moreno Gozalo o Fernando Cabezalí Durberot, los tres represaliados tras la derrota de la República, los dos primeros acogidos en el exilio y el tercero depurado, primer miembro de una saga de funcionarios taquígrafos del Congreso que aún continúa, con viva presencia hoy día.
Durante la guerra Alejandro ejerció ocasionalmente -según su expediente como refugiado- funciones como secretario del director general de prisiones, el anarquista Melchor Rodríguez, conocido por el sobrenombre de “el Ángel rojo”, por la labor humanitaria que realizó durante el desempeño de su cargo, acabando con las sacas indiscriminadas responsables de asesinatos como el del intelectual Ramiro de Maetzu.
Ponciano acompañó a la minoría socialista en sus desplazamientos junto al Gobierno republicano, encargado de copiar lo hablado en las reuniones y los plenos del Comité Nacional del PSOE, a una velocidad media que oscilaba entre 140 y 180 palabras por minuto, velocidad de automatización.
El último pleno socialista del Comité Nacional que se celebró en territorio español fue el de Barcelona de los días 8, 9 y 10 de agosto de 1938. El pleno se abrió el día 8 a las 12 de la mañana, en el local que el PSOE tenía en esta capital, reservándose la sesión de apertura al afiliado del partido Juan Negrín, a la sazón presidente del Consejo de Ministros, que peroró durante dos horas. Al día siguiente, el 9 de agosto a partir de las 7 de la tarde, se abrió la segunda sesión, en la que Indalecio Prieto habló largo y tendido sobre su postura en el partido y las razones de su salida del Gobierno. La prensa, sin entrar en el detalle de su ataque a los comunistas, reflejó su intervención del siguiente modo:
“Dos horas y media duró el informe de Indalecio Prieto y, conociéndole, puede suponerse el alcance que tuvo su exposición. Toda ella la improvisó, pero con gran orden, sin repeticiones ni digresiones de ningún género” (ABC Madrid, 9-8-1938, p. 5).
El taquígrafo que tomó nota, Alejandro Ponciano, no fue el único extremeño presente en aquella sala. Como miembro de la ejecutiva del PSOE y en calidad de vicesecretario acudió también Juan Simeón Vidarte, natural de Llerena. Casi todos los miembros de aquella ejecutiva reunida acabarían sus vidas en el exilio, cuando no asesinados por la represión franquista, como fue el caso de Francisco Cruz Salido, quien actuó como secretario de actas, periodista que antes de ser ejecutado en Madrid le expresó a Cipriano de Rivas Cherif su voluntad de ser enterrado en una fosa común, dado que no quería que su mujer, en el exilio, viviera con la obsesión de un pedazo de tierra en España ante el que venir a arrodillarse.

Poco antes de aquel último pleno del Comité Nacional socialista, Alejandro Ponciano había sido sometido a una operación quirúrgica a vida y muerte, según consta en la misma carta que escribiría más tarde a Indalecio Prieto, desde su segundo exilio en la República Dominicana. Se le había detectado un tumor intestinal, de carácter cancerígeno, que ya no le abandonaría durante el resto de su vida.
Hacia el exilio, un río español de sangre roja.
Su salida de España, siguiendo el camino de un primer exilio hacia Francia, se pierde en el caos de La Retirada. Le acompañan su esposa Carmen y la ahijada de ambos, Magdalena, quienes unirían su destino a Alejandro con la convicción que expresara Concha Méndez en su poema Contigo:
“Contigo por la llanura,
contigo al alba dormida,
contigo por la espesura
de alguna selva perdida.
Donde me pidas iré.
Contigo a la mar, al viento,
a la más alta montaña,
en el más solo aislamiento;
o a las arenas estériles
del más lejano desierto.
¡Donde me pidas iré!”.
Su destino les llevó al norte del país vecino, a la zona de Aisne, cercana a la frontera de Francia con Bélgica. Desde el Château Chambrys pour Saon solicitó ayuda a la embajada de México en Francia para lograr refugio en este país. Dio comienzo así un intercambio epistolar con algunos de los personajes de renombre que había conocido en su tiempo más reciente. Obtuvo respuesta de un amigo personal y paisano, Narciso Vázquez Torres, hijo de Narciso Vázquez Lemus y reconocido socialista de Badajoz, en ese momento delegado en Francia de la JARE, la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles. Narciso Vázquez, en carta con fecha del 17 de marzo de 1940, le manifiesta a Alejandro su alegría por saber de él y le remite, en nombre de la JARE, 400 francos, informándole de que la Junta de Auxilio le tendrá en cuenta, si logra autorización para entrar en cualquiera de las repúblicas americanas. Finaliza su carta con un “Le abraza su querido amigo, Narciso Vázquez”.

El ejército alemán estaba a punto de invadir Francia. Se palpaba en el ambiente el fascismo que ya asfixiaba a casi toda Europa. Apenas un mes después de la carta de Narciso Vázquez, y unos días antes de que los nazis entraran, la familia Ponciano-Jurado logró un visado para aquellas repúblicas americanas. A pesar de su deseo de llegar a México, consiguieron visado para la República Dominicana, embarcando a finales de abril de 1940 en el barco La Salle, gracias a la acción del SERE, el servicio de Evacuación de los Refugiados Españoles. En su exilio emprendido a bordo del Sinaia, Pedro Garfias escribió:
“Como en otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,
de generosa sangre desbordada…”.
(Entre España y México, 1939)
El 16 de mayo, en compañía de otros 540 refugiados españoles, Alejandro, Carmen y Magdalena arribaron a Puerto Plata, hoy día uno de los destinos turísticos en el Caribe donde muchos españoles pasan su luna de miel o vacaciones en resorts de lujo con pulseritas de todo incluido.
La vida de los refugiados españoles en la República Dominicana fue muy dura. Huyendo de la dictadura franquista se encontraron con la dictadura de Leónidas Trujillo, quien en un intento por lavar su imagen de dictador criminal -culpable de La masacre del perejil de 1937, cuando ordenó exterminar a los haitianos residentes en la República Dominicana-, abrió sus puertas a la entrada de entre 3000 y 4000 refugiados españoles, que fueron enviados a las colonias agrícolas de la periferia, con intención de que se dedicaran a labores agrícolas en unas labores extremas, con un suelo muy diferente al de España y unas condiciones climatológicas adversas, de grandes temperaturas y continuas lluvias tropicales.
Desde allí, desde Villa Trujillo, una de aquellas colonias, Alejandro Ponciano inició una insistente relación con antiguos compañeros taquígrafos del Congreso de los Diputados, exiliados en México, como Víctor Salazar, cercano en la JARE a Indalecio Prieto, con intención de que le consiguieran visado y transporte para México. Siempre con un tremendo respeto, con humildad y plena consciencia de que su situación y la de los suyos no era distinta a la del resto de los compatriotas, les hablaba en sus cartas de su dura vida en la selva, de la ausencia total de trabajo y de su enfermedad, un cáncer que poco a poco le iba corroyendo las entrañas y le sumía en terribles dolores, con diversas intervenciones prestadas por los médicos refugiados españoles, a través del Servicio Médico Farmacéutico, un organismo puesto en marcha por la JARE.
En julio de 1940 se presentó una ocasión excepcional para Ponciano y su familia. Su amigo y antiguo compañero del Congreso, el bilbaíno Genaro Sainz-Sainz, le escribió desde Bogotá, donde se encontraba en calidad de taquígrafo del parlamento de ese país y de secretario del embajador de Argentina, para decirle que se había ofertado una plaza más en la cámara colombiana. Alejandro Ponciano le escribió una carta desesperada a Indalecio Prieto, con fecha del 12 de julio de 1940, en la que le pedía intercediera para que la JARE le facilitara 150 dólares, cantidad necesaria para que la familia al completo pudiera desplazarse a Colombia, con expresiones como “es mi salvación” o permita que le haga llegar “un grito de angustia”.
Sin embargo, apenas una semana después, recibió carta de la JARE en la que se le informaba que la situación económica era difícil y que no se podían hacer excepciones con los refugiados. La JARE, órgano prietista, mantenía una constante pugna con el SERE, negrinista, con continuas acusaciones sobre la gestión de los fondos de los refugiados, al mismo tiempo que la JARE, afincada aún en Francia, tenía dificultades para sacar del país a sus propios miembros, ocupado ya por las botas nazis y la Gestapo en pleno rendimiento entregando refugiados españoles a Franco, como fue el caso de Luis Companys o el ya mencionado de Rivas Cherif y Cruz Salido, en compañía de Julián Zugazagoitia.
Hambre, enfermedad y desesperación.
En febrero de 1941 volvió a intentar salir de República Dominicana. En carta fechada el 24 de ese mes, le envió a Indalecio Prieto otra de Narciso Vázquez avalándole como compañero socialista, permitiéndose Ponciano recordarle a Prieto el afecto que siempre tuvo a los taquígrafos y sus charlas en la cafetería del hemiciclo madrileño.
Entre marzo y noviembre de 1941, tras varios intentos epistolares, Alejandro Ponciano logró que se le permitiera abandonar la República Dominicana y viajar a México. En un oficio del 8 de noviembre se le concedió el visado y la promesa de hacerle llegar la cantidad necesaria para viajar, junto a Carmen y Magdalena, de Ciudad Trujillo a La Habana, en avión, y desde allí a Veracruz, en barco. A pesar de ello, con la vista ya puesta en mejores horizontes, aún debió esperar un año más. Debido a los enfrentamientos entre prietistas y negrinistas por el control de los fondos de refugiados, el Gobierno mexicano intervino los mismos y tomó las riendas de los permisos y gastos. El dinero necesario para viajar no llegaba.
Durante todo ese tiempo de espera, desde principios de 1942, Alejandro ejerció como corresponsal administrativo de la JARE para repartir mensualmente los subsidios de las nóminas correspondientes de ayuda a los refugiados españoles afincados en la colonia de Juan Herrera, San Francisco de Macoris, El Llano y Villa Trujillo. Cabe decir que, a pesar de que llegó a manejar miles de dólares en el reparto de dichas nóminas, jamás tocó ni un centavo de las mismas que no le correspondiera, labor por la que cobraba 20 dólares mensuales. Su honradez se refleja en el estado de cuentas, pormenorizado, que dejó al marchar, por fin, a México, con unos debes y haberes completamente detallados, decimales incluidas.
Cansado de esperar una ayuda económica que no llegaba y a punto de caducarle el visado para México, pidió dinero prestado a otros refugiados de la República Dominicana, logrando recaudar la cantidad de 331,20 dólares, el dinero necesario para el viaje. Finalmente, el 7 de noviembre de 1942, Alejandro, Carmen y Magdalena abandonaron Ciudad Trujillo, en un avión de la Pan America Airway System, con destino a La Habana, Cuba, país en manos de otro dictador, Fulgencio Batista.
En La Habana, donde el ambiente por entonces era muy hostil a los refugiados españoles, lograron embarcar en el vapor Emancipación, que les llevó al puerto de Veracruz, México, donde arribaron el 14 de noviembre de 1942.

El gobierno mexicano ya había asumido el control total de los fondos españoles, a través de la CAFARE, Comisión Administradora del Fondo de Auxilios a los Republicanos Españoles. A través de este organismo la familia de Ponciano logra que se le abone el pasaje, con el fin de satisfacer la deuda contraída, y un subsidio para 15 días. En marzo de 1943, la familia ya vive en Ciudad de México, en la calle Nápoles, 84. Carmen y Magdalena subsisten mediante labores de costura por encargo. Alejandro, cada vez más impedido por los irresistibles dolores de estómago, trata de buscar trabajo en el campo, sin conseguirlo, dado que su condición enferma le obliga a pasar largos tiempos en reposo. La CAFARE, a través de su secretario Carlos Duplan, le concede 100 dólares de ayuda.
El 14 de diciembre de 1943 fue operado de un tumor en el vientre en el Sanatorio Español, por los doctores españoles, también exiliados republicanos, Segovia y Pueyo. A partir de entonces recibiría radioterapia (en la época se decía radiumterapia), sufriría una anemia constante y precisaría de continuas transfusiones de sangre.
A finales de abril de 1945 reclamó de nuevo ayuda de la CAFARE. Su situación era insostenible, debido a su enfermedad. Pasaban un hambre atroz. Residían entonces en la calle Zaragoza, 4, del Departamento 18, Ciudad de México. Satisfacían por una habitación, en la que convivían los tres, 170 dólares mensuales. Alejandro tenía 49 años, Carmen 50 y Magdalena 33.
Recibió una visita del doctor republicano Mario L. Osorio, quien informó a la CAFARE que le encontró demacrado, a causa de la enfermedad que arrastraba ya desde hacía 8 meses, sin posibilidad de mejora alguna. Osorio recalca en su informe que el enfermo no ha pedido nunca nada a la comisión de ayuda y solicita se le facilite un subsidio. El 4 de mayo se le conceden 90 pesos, durante tres meses. Al día siguiente, el 5 de mayo de 1945, Alejandro Elías Ponciano Pavo, taquígrafo español exiliado, fallece con el recuerdo de su infancia en San Vicente de Alcántara, en compañía de su mujer y de su hija. Como escribió Jorge Guillén sobre la muerte de Moreno Villa y su Málaga querida:
“Muerto en el destierro, muerto,
cuando soñaban sus ojos
con el azul de aquel puerto”.
Por el expediente como refugiada política de Carmen Jurado, su esposa, sabemos que tuvo que recurrir a amigos compatriotas, otros exiliados republicanos, para pagar los gastos del sepelio y de la sepultura. La miseria no abandonaría a madre e hija. Carmen solicitó una ayuda -a base de ruegos- para comprar la sepultura a perpetuidad, que le fue concedida, y un subsidio para que ambas mujeres pudieran sobrevivir, que le llegó siempre a cuentagotas. Sumida en una terrible depresión tras la muerte de Alejandro, con continuas crisis nerviosas, contrajo una dispepsia gástrica, a causa del mal estado de la dentadura. A pesar de que pidió ayuda económica para el tratamiento odontológico, esta le fue denegada por falta de fondos.
Viuda y huérfana conseguían sobrevivir a duras penas, gracias a las escasas labores de tejido que realizaban mediante encargo para otros refugiados y del realquiler de dos habitaciones a otros dos compatriotas republicanos. Carmen y Magdalena compartían la misma habitación y la misma comida, cuando la había.
Finalmente, el 9 de agosto de 1948 la comisión de auxilio anota en una tarjeta de su expediente que suspende los subsidios a Carmen Jurado porque, “según referencias verbales, marchó a España”, sin que en ningún lugar hayamos podido encontrar razón de su paradero ni el de su hija, Magdalena. Tal vez regresaron a aquella España que veía pasar de largo el Programa de Recuperación Europea, el Plan Marshall, mientras los vencedores de la guerra, tras purificar su triunfo bastardo, sumían a todo un país en una terrible hambruna y continuaban con su plan de limpieza política, una España tal y como la retratara José Bergamín en su soneto Ecce España, publicado en Litoral en 1970:
“Dicen que España está españolizada,
mejor diría, si yo español no fuera,
que lo mismo por dentro que por fuera,
lo que está España es como amortajada”.
Tristeza, desesperación y sufrimiento. Este fue el camino que marcó al exilio español la mal llamada Guerra Civil en su diáspora por un mundo que abrazaba, como ahora, el fascismo como promesa redentora, edificada sobre millones de cadáveres.
Sufrimiento, tristeza y desesperación. No importa el orden. Este fue el horizonte de los exiliados y exiliadas, cuestionados ahora en su destierro por la Ley de nietos, negada la restitución de la legitimidad y dignidad que les robó la historia.
Desesperación, sufrimiento y tristeza. Esto es lo que queda de todo aquello, en el poso de la memoria, donde habita el olvido.
Alejandro Ponciano, el último taquígrafo español, murió con un dolor terrible, no solo físico. Se fue sin saber que muchos años más tarde una anarquista también exiliada, Lucía Sánchez Saornil, fundadora con otras muchas de Mujeres Libres, escribiría este soneto que refleja lo que fue la vida de aquellos que soñaron:
“Has jugado y perdiste, eso es la vida.
El ganar o perder no importa nada;
lo que importa es poner en la jugada
una fe jubilosa y encendida.
Todo lo amaste y todo sin medida.
¿Cómo puedes sentirte defraudada
si fuiste por amor crucificada
con un clavo de luz por cada herida?
Sobre urdimbres de olvido van tejiendo
lanzaderas de ensueño otra esperanza
de un morir cotidiano renaciendo.
Porque un nuevo entusiasmo nos transporta
a otro ensueño entrevisto en lontananza
y en la vida, el soñar, es lo que importa”.
“Soñar, soñar siempre”, soneto fechado a finales de los setenta, recogido en el libro Lucía Sánchez Saornil. Poesía, edición de Rosa María Martín Casamitjana (1996), Editorial Pre-Textos. Ver en bibliografía Mujeres del 27.
Bibliografía empleada y de referencia:
Indalecio Prieto, Cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa Nacional, Editorial Fundación Indalecio Prieto y Planeta, 1989; Indalecio Prieto, Palabras al viento. Artículos, anécdotas y “recuerdos dulces y amargos de la vida”, Editorial Fundación Indalecio Prieto y Planeta, 1992; Ángel Herrerín López, El dinero del exilio. Indalecio Prieto y las pugnas de la posguerra (1939-1947), Siglo XXI de España Editores, 2007; Javier Núñez Hidalgo y Encarnación Ramos Villajos, Historia del Cuerpo de Redactores Taquígrafos y Estenotipistas de las Cortes Generales: 1810-1812, Congreso de los Diputados, 2012; Clara Campoamor, La revolución española vista por una republicana, edición de Luis Español Bouché, Espuela de Plata, 2007; Taquígrafas y estenotipistas de las Cortes Generales, blog en taquígrafas.wordpress.com; Juan Manuel Rozas, La Generación del 27 desde dentro, Ediciones Itsmo, 2ª Edición muy ampliada, 1986; Luis Cernuda, Antología poética, Austral, 2010; Max Aub, Los tiempos mexicanos de Max Aub. Legado periodístico 1943-1972, Edición y estudio preliminar de Eugenia Meyer, Fondo de Cultura Económica de España, 2007; Enrique Díez-Canedo, Poesías, edición y prólogo de Andrés Trapiello, La Veleta, 2001; Antología del grupo poético de 1927, edición de Vicente Gaos, Ediciones Cátedra, 15ª edición, 1990; Miguel Hernández, Obra poética completa, Alianza Editorial, 1982; Julio Martín Casas y Pedro Carvajal Urquijo, El exilio español (1936-1978), Círculo de Lectores, 2002; Cipriano de Rivas Cherif, “De la Gestapo a la justicia franquista: tres mártires; Companys, Zugazagoitia y Cruz Salido”, publicado originalmente en Tiempo de Historia, año IV, n. 42, disponible en Repositorio Gredos: Rivas Cherif, Cipriano de, 1891-1967 (1978). Tres mártires: Companys, Zugazagoitia y Cruz Salido. Artículo. http://hdl.handle.net/10366/29036; Mujeres del 27, Antología poética, edición de José Luis Ferris, Austral, 2022; Expediente del refugiado en México Alejandro Elías Ponciano Pavo, AGA, 12,02850,005 (Pares); Expediente de la refugiada en México Carmen Jurado Barero, AGA,12,02793,003 (Pares). Lo demás…, se debe a la memoria.
Nota: A pesar del deseo expresado por Francisco Cruz Salido a Rivas Cherif horas antes de su fusilamiento, de que fuera enterrado en una fosa común para que su esposa no se obsesionara con acudir a honrarle a su tumba, finalmente yace enterrado en el cementerio de La Almudena junto a su querido amigo, también periodista de El Socialista, Julián Zugazagoitia. Sobre la tumba un libro abierto de granito muestra sus nombres. Pero eso, ya, es otra historia.

