Historia de España Lucha de clases Nacionalismos

Cazarabet conversa con Francisco Fernández Gómez.

-Un punto que tocáis en el libro me suena mucho a esto del “ensalzamiento” [pero no tanto desde el punto de vista de “crear nación e identidad”: la inauguración de la obra pública, pero no lo asimilo (como decía) tanto a nación como más a logro y a venta de lo político y de obra del partido “X” el que sea…] ¿cómo lo veis?

Sin negar parte de razón a tu planteamiento, puesto que resulta evidente que tras las inauguraciones se esconden ciertas reivindicaciones de partido, también es cierto que dichos partidos tienen un discurso determinado en el terreno nacional. Así pues, sin menoscabar la intencionalidad de un partido determinado en este tipo de actos, paralelamente también dichas inauguraciones tienen cierto componente nacional o identitario.

-España ha tenido muchos “dibujos”, pero los de los II República fueron especiales, además tuvieron que enfrentarse a las tendencias más enfrentadas y de todos los nacionalismos….¿Desde qué perspectiva se quería construir nación entre los valores de los que llevaron a cabo la II República?

Creo que fue Joaquín Maurín quien afirmó algo así como que la II República nadie la deseaba, puesto que una parte de la población estaba por una salida dictatorial y fascista, mientras que otra parte estaba más por una salida revolucionaria. Así pues, más que enfrentarse contra toda clase de tendencias, interpreto a la II Republica como algo que pocas organizaciones querían pero que, en comparación a la dictadura primoriverista, para las izquierdas revolucionarias, era una salida provisional.

Evidentemente la II República construía nación, puesto que desde el estado se fomenta este tipo de identidad, pero lo cierto es que la inestabilidad constante de la misma república es, a mi juicio, una muestra del choque entre diferentes tradiciones nacionales hispanas. Bajo la ERC de la II República, por ejemplo, más allá del reconocido sentimiento identitario catalán, hay mucho de las antiguas propuestas españolistas partidarias de una república federal. Si miramos a las derechas de entonces, en muchos casos, lo que las unificaba era una vieja concepción nacional fundamentada en valores católicos reaccionarios, mientras que el auge de los fascismos, por un lado, y de las aspiraciones revolucionarias por el otro, lo que creaban era cierta desafección a la misma república, la cual, en el mejor de los casos, era entendida por muchos como un mal menor y, en el peor de los mismos, como un mal a erradicar.

El golpe de estado fascista fue una muestra de lo anteriormente comentado. Eliminó por completo a ese accidente liberal y republicano, mientras se establecía un fascismo bajo el paraguas de una Iglesia que se sentía especialmente cómoda bajo los gobiernos derechistas. Por contra, en zonas con fuerte presencia obrera, más que la defensa de la república, lo que se produjo, a mi entender, fue cierto espíritu de superación de la misma. Esto explica, por ejemplo, el desarrollo de colectivizaciones en grandes áreas de Catalunya o el establecimiento de zonas bastante al margen de los parámetros del estado como fue el Consejo Autónomo de Aragón. Sí, es cierto que tras el golpe de estado se salió a luchar unánimemente contra el fascismo en numerosas localidades, pero no fue exclusivamente una lucha por la pervivencia de la II República, ya que lo que quería una parte importante de la población era una salida revolucionaria, ya fuese fundamentada ideológicamente en el marxismo o, por contra, en el anarquismo.

El caso es que, tras casi cuatro décadas de dictadura franquista, para grandes sectores de una izquierda que ha moderado sus planteamientos de antaño, la II República es una especie de mito, quizá el mayor símbolo de una España próspera y con un futuro ilusionante, pero lo cierto es que entonces, más allá de unos pocos partidos favorables a la misma o importantes apoyos estratégicos, ni la derecha ni gran parte de las izquierdas se la sentían como algo suyo.

-¿No da un poco de “repelús” que la cultura, la literatura y la lengua se utilicen tanto como moneda de cambio en vez de ser elemento de identidad y ayudar ensalzar desde un punto de vista más humano, más educativo a un grupo humano con una lengua en común y eso….?

-Me cuesta entender un poco vuestra pregunta, puesto que tras muchas “monedas de cambio” hay también mucho fomento de determinada identidad.

Sin embargo, lo que comentáis me recuerda a ciertos planteamientos de un folklorista catalán llamado Cels Gomis. Éste fue un destacado internacionalista y anarquista en el siglo XIX. Como tantos otros militó anteriormente en las filas del republicanismo federal más socializante y, como otros internacionalistas catalanes, tenía muchas simpatías hacia ciertos planteamientos del catalanismo en expansión.

Lo interesante de Gomis, en el terreno que apuntas, era el hecho que entendía que las tradiciones culturales, por sí mismas, no debían de ser mitificadas o fomentadas, ya que consideraba que algunas de ellas no dejaban ser herramientas o rémoras de un pasado reaccionario. Para él las manifestaciones culturales, en su caso básicamente las referidas al ámbito folklórico, se tenían que analizar para, en su defecto, criticarlas y, en el caso de ser compatibles con el progreso humano, fomentarlas. En síntesis, era consciente que tras las tradiciones culturales, el fomento de las artes o de ciertas lenguas, también se escondía cierta voluntad ideológica y política. Así pues, y estando influenciado por figuras como las de Gomis, permítanme cierto escepticismo ante lo que se plantea en el enunciado, puesto que las dos partes del mismo son caras diferentes de una misma moneda.

-Si tanto nos escondemos detrás de las banderas, himnos y demás….no nos estamos perdiendo algo de lo cosmopolita…

-Quizá sí, pero también es cierto que lo cosmopolita se ha pervertido profundamente en las últimas décadas. En teoría un espíritu cosmopolita es aquel que, reconociendo o no la existencia de las naciones, opta por cierta apuesta por la propia humanidad como identidad. Es decir, más allá de las meras fronteras políticas, lo que debería de primar es cierta hermandad con la población allende de las mismas. Sin embargo, cuando en pleno siglo XXI, tras cierta fraseología cosmopolita, lo que se esconde es igualmente un apoyo a cierto nacionalismo, no dejo de sentir cierto asco. Por ejemplo, cuando bajo el paraguas del cosmopolitismo y en el contexto de disputa entre el nacionalismo catalán y el español, a menudo, y especialmente desde la perspectiva españolista, se utiliza el cosmopolitismo para combatir al otro nacionalismo rival. Miren la hemeroteca de cualquier periódico y descubrirán sandeces como que algunos nacionalistas españoles, cuando se refieren a sí mismos afirman que son “no nacionalistas”, mientras que, por contra, etiquetan al contrario de nacionalista excluyente o periférico. Es una verdadera perversión del lenguaje y un insulto a muchos internacionalistas y cosmopolitas de antaño. Es, en síntesis, darnos gato por liebre.

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