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Ruptura con la Revolución Integral: lucha de clases y crítica revolucionaria

Este texto sella una ruptura teórica y política definitiva con la deriva reaccionaria y totalitaria de la Revolución Integral. Frente a una cosmovisión que pretende sustituir las relaciones materiales por un misticismo comunal identitario, es necesario restablecer las características de la emancipación proletaria.

  1. El proletariado no es una identidad moral, es una relación social
  • La centralidad de la explotación: El capitalismo no se combate con la evocación idealizada de un pasado rural medieval, sino destruyendo la relación social real entre quien compra la fuerza de trabajo y quien se ve obligado a venderla para sobrevivir.
  • El comunal no es el sujeto: La comunidad o el pueblo no son revolucionarios por sí mismos. Pueden reproducir opresiones internas, machismo, racismo o jerarquías si no se transforman las relaciones de propiedad. La Revolución Integral, al defender la pequeña propiedad privada, termina defendiendo la necesidad del Estado, las fronteras y la policía.
  • Internacionalismo vs. Xenofobia: La lucha de clases une al proletariado más allá de las fronteras. Rechazo tajantemente las tesis de la Revolución Integral que adoptan el ideario de la extrema derecha, tildando a la inmigración de «invasión» o de «sustitución étnica». El trabajador migrante no es el enemigo; el enemigo es el capital.
  • El rol etnocentrista de la mujer; antifeminismo y natalismo supremacista: Conectado directamente con esa paranoia de la «sustitución étnica», la Revolución Integral asume un discurso abiertamente antifeminista y antiabortista. No es una postura moral aislada: responde a una lógica puramente racista y eurocéntrica. Al negar el derecho al aborto y combatir el feminismo, reducen el cuerpo de la mujer a una mera fábrica biológica destinada a parir y reproducir la «raza europea». Este natalismo reaccionario convierte la maternidad en un deber geopolítico y civilizatorio para frenar la supuesta «invasión» exterior, haciendo confluir su discurso con el supremacismo blanco más rancio. La liberación de la mujer trabajadora exige la destrucción conjunta del patriarcado, el racismo y el capital, no su sumisión como vientre reproductor de la etnia.
  1. La islamofobia de Rodrigo Mora como coartada civilizatoria
  • El chivo expiatorio religioso: El discurso de Rodrigo Mora utiliza la islamofobia como una herramienta de agitación chovinista, camuflada bajo una supuesta defensa de la espiritualidad tradicional o los valores locales antiguos. Al focalizar la hostilidad en la población musulmana, desvía la atención del antagonismo real entre explotados y explotadores. Ensalza, además, un catolicismo ultraconservador como dique a los invasores musulmanes, ilustrado por la vieja imagen del Santiago Matamoros.
  • Esencialismo culturalista: Su narrativa sustituye el análisis materialista de la realidad por un choque cultural y religioso de matriz eurocéntrica. Esta postura no solo divide a la clase obrera en función de su procedencia o creencias, sino que sirve para justificar de forma indirecta la opresión estatal y el control policial sobre las capas más precarizadas de la población migrante.
  1. Crítica histórica del anarquismo por Rodrigo Mora: Del colaboracionismo de los comités superiores a la base revolucionaria.
  • Félix Rodrigo Mora afirma que el anarquismo siempre ha sido contrarrevolucionario y estatista. No queda otra solución que su denuncia. Argumenta que, pese a su retórica radical y antiestatal, el movimiento libertario funcionó en la práctica como un apéndice estatal. Saboteó el verdadero modelo de democracia directa popular: el régimen de concejo abierto y la propiedad comunal de la ruralidad ibérica tradicional. Al subordinarse al industrialismo urbano e integrarse formalmente en el gobierno durante la Guerra Civil, Rodrigo Mora sostiene que el anarquismo degeneró en una fuerza de contención social incapaz de consumar una verdadera ruptura, operando como un dispositivo de consolidación del aparato estatal.
  • El rechazo del comunal como defensa de la propiedad: La falsificación histórica de Rodrigo Mora cae por su propio peso. En el Congreso de Zaragoza de mayo de 1936, la CNT desestimó el comunal porque el programa anarcosindicalista de colectivización aspiraba a suprimir toda forma de propiedad. La revolución libertaria buscaba la abolición de las relaciones capitalistas de raíz, no el mantenimiento de la pequeña propiedad rural familiar que la Revolución Integral pretende idealizar.
  • La sumisión a la unidad antifascista: La participación de la dirección de la CNT en el Gobierno republicano en 1936 no debe entenderse como una «traición» personal, sino como un colapso teórico. Los comités superiores se sometieron a las exigencias del Estado burgués bajo el chantaje de la «unidad antifascista» y las necesidades de la guerra.
  • La pérdida de los propios principios: Al aceptar la colaboración institucional, el anarquismo de Estado abandonó sus principios fundamentales y colaboró directamente en la reconstrucción del aparato estatal que la insurrección obrera había desbordado en julio de 1936. La representación se convirtió en un poder separado y en mando profesional.
  • El anarquismo revolucionario de los comités de base: La auténtica experiencia revolucionaria no residía en los despachos ministeriales de la dirección, como apunta Rodrigo, sino en los comités de defensa, de barrio y de fábrica. Grupos como Los Amigos de Durruti, el sindicato del transporte liderado por Julián Merino o el que publicó el periódico clandestina Alerta demostraron que la fidelidad a la revolución exigía mantener la autonomía obrera frente a las directrices de los comités superiores.
  • Mayo de 1937 y el desarme de la insurrección: Las barricadas de Barcelona fueron un levantamiento autónomo de los trabajadores contra la contrarrevolución. El proceso se perdió porque los comités superiores, en nombre de la disciplina orgánica y la sumisión institucional, exigieron abandonar las barricadas, desarmando políticamente una iniciativa que carecía de una estrategia clara para destruir el Estado de forma inmediata.

Conclusión

La revolución no consiste en conquistar el Estado ni en someterse a iglesias ideológicas o teóricos divinizados que actúan como salvadores supremos. Consiste en destruir el Estado, abolir el capitalismo y construir la autonomía obrera desde la base. Mientras la Revolución Integral se ahoga en una amalgama «rojiparda», la clase trabajadora hoy vuelve a luchar en las huelgas sectoriales y en los sindicatos contra el encarecimiento de la vida, el irresoluble problema de la vivienda y la violencia patronal y estatal de los desahucios. El futuro no se gana mirando hacia el pasado mítico de un místico manual, se gana en el único campo real: la lucha de clases.

Agustín Guillamón
Barcelona, 16 de octubre de 2026

Bibliografía de Agustín Guillamón:

– Insurrección. Las sangrientas jornadas del 3 al 7 de mayo de 1937. Descontrol, 2017.

– Los Comités de Defensa de la CNT en Barcelona. 5ª edición, Descontrol, 2020.

– Los Amigos de Durruti. Historia y antología de textos. 2ª edición, Descontrol 2021.

– CNT versus AIT. Los comités superiores cenetistas contra la oposición revolucionaria interna e internacional. Descontrol, 2022.

Ocho días de julio. 1936: La situación revolucionaria en Barcelona. Descontrol, 2026.

– Contra el Estado. Tesis sobre guerra, revolución y proletariado. Calumnia, 2026.

Bibliografía de Félix Rodrigo Mora:

– Bases para una revolución integral. Editorial Bagauda, Sabadell, 2024.

– Manual para una Revolución Integral Comunal. Editorial Bagauda, Sabadell, 2024, 2 volúmenes.

6 comentarios

  1. Si no existe la propiedad privada y no existe el Estado, a quien pertenece tu casa? A mí me podréis llamar reaccionario, me podréis decir que tengo una visión romántica del rural, aunque lo vuestro es mucho peor, sois modernistas, os hacéis llamar libertarios cuando lo que sois es liberales. La Revolución Integral es un nuevo pensamiento, vosotros lleváis en marcha muchos años y estáis en extinción.

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  2. Respuesta a Mario: Clase, comunidad y emancipación

    Mario, el nazismo no es una novedad, el racismo no es una novedad y la limpieza étnica tampoco lo es. Tampoco es nueva la pretensión de someter el cuerpo de las mujeres a una política de reproducción destinada a preservar la supuesta pureza de la raza blanca. Todo eso tiene una larga historia y conocemos demasiado bien sus consecuencias.

    Lo verdaderamente novedoso —o, al menos, lo que merece una explicación crítica— es la mezcla de retórica izquierdista, planteamientos propios de la extrema derecha y una idealización del comunal medieval presentado como pócima milagrosa para resolver las contradicciones del presente. El problema no es reivindicar los bienes comunales, la gestión colectiva o la democracia directa. El problema es convertir una determinada forma histórica de comunidad en un ideal absoluto, como si lo comunitario fuera necesariamente emancipador y como si las sociedades rurales del pasado hubieran estado libres de jerarquías, patriarcado, exclusiones y relaciones de dominación (feudalismo, Iglesia, servidumbre campesina, poder real y señorial, propiedad familiar, etcétera).

    Una comunidad puede gestionar colectivamente sus recursos y, al mismo tiempo, excluir al forastero, someter a las mujeres o imponer una identidad étnica como condición de pertenencia. La propiedad comunal, por sí sola, no garantiza ni la igualdad ni la libertad. Hay que preguntarse quién decide, quién participa, quién queda excluido y qué relaciones de poder se reproducen dentro de esa comunidad.

    Por eso resulta tan preocupante esa amalgama rojiparda que pretende combinar un lenguaje de transformación social con la xenofobia, la islamofobia, el antifeminismo y la obsesión por la continuidad étnica. Ante el desconcierto  y confusionismo generalizado, hay quienes diagnostican la extinción definitiva de los anarquistas y de las viejas corrientes libertarias, pretendiendo llenar ese vacío con un repliegue identitario y localista. Pero se equivocan de pleno.

    Mientras algunos teorizan sobre el fin de las ideologías emancipadoras desde la nostalgia o el dogma, el plano real de la historia muestra una realidad muy distinta. En este preciso momento, estallan manifestaciones y protestas en Albania, Italia, Alemania, Francia, España, Grecia, Portugal y Bélgica. Las calles se llenan de trabajadores y jóvenes que reivindican vivienda asequible, inversiones urgentes en enseñanza y sanidad, y que plantan cara firmemente contra la vida cara. Es ahí, en la práctica material y no en el idilio medieval, donde la clase obrera surge de nuevo con toda la fuerza de la lucha de clases.

    El proletariado no es una reliquia del pasado ni una categoría estática que pueda decretarse extinta; es una relación social viva. El capitalismo intenta fragmentarlo, atomizarlo y debilitarlo mediante la precariedad, el aislamiento y los discursos divisivos que apelan a la tribu o a la nación. Sin embargo, al ser una relación social intrínseca al propio funcionamiento del capitalismo, las mismas contradicciones del sistema siempre lo hacen renacer. La solidaridad de clase vuelve a articularse allí donde el conflicto capital-trabajo se agudiza.

    Llamar revolución a la reacción identitaria, estimado Mario,  no cambia su contenido político. Tampoco basta con invocar el comunal, los concejos abiertos o las tradiciones populares para convertir automáticamente una propuesta en emancipadora. La cuestión no es elegir entre el capitalismo liberal y una comunidad rural idealizada. La cuestión es si queremos abolir las relaciones de explotación y dominación o sustituirlas por otras revestidas de tradición, identidad y espiritualidad.

    Así que no, Mario: ni el nazismo, ni el racismo, ni la limpieza étnica, ni el control reproductivo de las mujeres son novedades. Lo que sí merece atención es la operación ideológica que pretende presentarlos, directa o indirectamente, como compatibles con un proyecto de emancipación social mediante una combinación de referencias izquierdistas, nacionalismo étnico y nostalgia del comunal medieval. Lo nuevo no es la reacción: es intentar venderla como revolución integral mientras se ignora la potencia de la clase que hoy vuelve a salir a las calles en Europa.

    Agustín Guillamón. Barcelona a 23 de octubre de 2026.

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  3. Una extensa parrafada en la que leo ladrar al sistema y para más inri no has respondido a la pregunta. Te la vuelvo a escribir aquí por si es que no la viste. Si no existiria la propiedad privada ni el Estado, de qué quien sería tu casa?

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  4. Estimado Mario.

    Primero: una enmienda gramatical

    ¿Qué significa la frase y cuál es el fallo?

    La frase «Si no existiria la propiedad privada ni el Estado, de qué quien sería tu casa?» tiene un error gramatical importante:

    • El fallo principal: Mezcla dos construcciones condicionales («si no existiera» o «si no existiese») y repite de forma redundante «de qué quien sería» (debería ser «¿de quién sería tu casa?» o «¿quién sería el dueño de tu casa?»).
    • Lo que creo que intenta decir: En esencia, Mario está planteando un dilema político-filosófico: «Si eliminamos las leyes de propiedad privada y los gobiernos (el Estado), ¿a quién pertenecería tu vivienda?»

    Segundo: Desde una perspectiva anarquista o comunista libertaria

    En un escenario sin Estado ni propiedad privada jurídica, la casa sería de quien la habita y la usa (posesión de uso), no de un propietario ausente que cobra un alquiler ni de un título firmado por un gobierno.

    En un escenario donde no existieran ni el Estado ni la propiedad privada (un modelo basado en el anarquismo o el comunismo libertario), la casa sería tuya, o mía, por derecho de uso y posesión, no por propiedad jurídica.

    Para entenderlo de forma sencilla, la teoría política distingue dos conceptos:

    • Propiedad privada (bienes de producción/capital): Es lo que se elimina. No podrías comprar diez casas para alquilarlas, especular con ellas o dejarlas vacías mientras otros no tienen techo, porque no existiría un sistema legal ni un Estado que protegiera ese «título de propiedad».
    • Propiedad de uso o posesión (bienes personales): Es lo que se mantiene. La casa en la que vives, tu ropa o tus herramientas de trabajo son tuyas porque las usas y las habitas habitualmente. Al ser la vivienda un derecho básico gestionado por la comunidad, nadie podría echarte de tu hogar porque tu legitimidad nace del uso real que haces de ella, no de un papel firmado ante un notario.

    En resumen: La casa sería de quien la habita y la necesita para vivir.

    TERCERO: Entiendo que en una sociedad regida por la normativa de la Revolución Integral la casa sería una herencia familiar, una autoconstrucción con la ayuda de los vecinos o una asignación del concejo abierto., tal y como dice el Manual por la Revolucion Integral.

    Probablemente el concejo abierto excluiría musulmanes, emigrantes, feministas opuestas a convertirse en paritorias en pro del mantenimiento de la pureza racial, gente de raza no blanca, vagos o parados, anarquistas y otros delincuentes, o todos aquellos que fueran vetados por el concejo abierto, según su criterio y entender.

    Saludos de Agustín.

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  5. Ese que, se me coló y como no deja editar o al menos no he visto la opción no pude quitarlo. Y bueno, no soy catedrático de la lengua ni tengo esas aspiraciones. Te explicaría varias cosas aunque por lo leído, la ideología no te deja ver el bosque, así que sería una perdida de tiempo.

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  6. Para que una pérdida de tiempo sea mutua, primero tendrías que haber aportado algo de valor. Bloquearse ante la falta de argumentos es un clásico. Adiós.

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