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Apuntes sobre «En el alba del anarquismo. Anselmo Lorenzo 1914-2014» [2017]

Julián Vadillo. La Organización ante todo. Anselmo Lorenzo en los orígenes de la Internacional, 1868-1875.

Con la lógica anteriormente planteada, el historiador Julián Vadillo se adentra en los años comprendidos entre 1868 y 1875, cruciales para entender el primer desarrollo de las ideas anarcocolectivistas en España.

Estoy de acuerdo con Vadillo en la valorización de El Proetariado Militante como fuente imprescindible, porque como él mismo indica: “a las reflexiones de Anselmo Lorenzo y la memoria de sus vivencias, plasma en el texto documentos conservados de aquella época. Esto hace que la reconstrucción de los acontecimientos sea muy precisa, lo que le convierte en unas memorias atípicas y no estrictamente circunscritas al recuerdo” (p.33).

El trabajo analítico de Vadillo sobre esos años es destacable, logrando tejer una historia de los primeros años de la FRE en España a partir de una figura como Lorenzo, destacando en su texto la visualización de las divisiones existentes en la Internacional entre marxistas y anarquistas, sus consecuencias en España, y el rol conciliador pero firme en convicciones libertarias de Lorenzo en ese contexto.

Una aportación interesante y que nos demuestra que Vadillo  está cada vez más maduro, siendo esta una más de las recomendables lecturas que nos ofrece este buen historiador y profesor de instituto.

Juan Pablo Calero. Un sindicalista llamado Anselmo Lorenzo

En el caso de Juan Pablo Calero, destacado estudioso de la historia del anarquismo hispano y profesor también de Instituto, se centra en la figura de Lorenzo como sindicalista y precursor del anarcosindcalismo. Una teoría en la que estoy de acuerdo dada la militancia del mismo Lorenzo y lo afirmado en sus escritos.

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Famosa fotografía de Fanelli (número 1) con los primeros internacionalistas hispanos. Lorenzo es el número 9.

El texto de Calero destaca por la contundencia en ciertas afirmaciones, aspecto que es positivo, pues favorece el debate historiográfico. Según Calero, la estrategia insurreccional adoptada durante la clandestinidad de 1874 a 1881 no fue acertada, calificando dicho entorno de “más verbal que efectivo y que estaba condenado al fracaso” (p. 80). De igual modo, consideraba que la FRE acabó siendo una organización fuertemente jerárquica en sus últimos años. Una visión que, en cierta manera, es la que tenía Lorenzo y también comparto. Para Calero, la Alianza de la Democracia Socialista se transformó en esos años en una especie de Estado Mayor sectario que acabaría haciendo fracasar a la misma organización.

En ese contexto de sectarismo descrito por Calero, sitúa la expulsión de Lorenzo: “en un ambiente tan enrarecido, hasta un hombre bueno como Lorenzo fue juzgado enemigo de la revolución social y en 1881 se le expulsó de la FRE” (pp. 81-82). Quizá esté equivocado, pero la expulsión, según algunas fuentes, fue en 1880. En este sentido, la expulsión de Lorenzo es y sigue siendo un tema complicado de estudiar, pero me sorprende que, entre todas las aportaciones en este libro, ninguna de ellas dé cierta veracidad a que Lorenzo pudiese manipular un escrutinio.

Si tenemos en consideración que entre sus propios amigos encontró partidarios de su expulsión, o que entre los futuros anarcocomunistas encontrará igualmente voces críticas, me hacen pensar que quizá la buena fama de Lorenzo no fue tal, de hecho él mismo reconoce en sus memorias que amigos suyos durante años le negaran el saludo. Lorenzo fue una buena persona, pero hasta éstas se equivocan, y creo que en 1880 no hubiese sido expulsado sin motivo alguno. En este sentido me viene a la cabeza cuando en 1887 la Biblioteca Anárquico-comunista de Barcelona editó el texto de Jean Grave, La Sociedad al día Siguiente de la Revoluciónenlace a una digitalización del Archivo Personal de la difunta Antònia Fontanillas, con notas de ella misma-, y en el mismo, en los pie de página se reparten críticas a diestro y siniestro contra la FTRE, y se recordaba lo jerárquica que resultaba la organización y el poder que tenía la Comisión Federal para dirigir los designios organizativos, teniendo siempre como último recurso el «falsificar el escrutinio, como sucedió en 1880» (La Sociedad…, p.25). Es decir, lo que sucedió en 1880 (o 1881) durante años se creyó como verídico, tanto por anarquistas legalitarios cercanos a Lorenzo, como por parte de ilegalitarios, y en 1887 aún se utilizaba para criticar las formas centralistas de la FTRE, ya que se comparaban con la FRE de 1880, cuando Lorenzo fue expulsado.

Calero también se muestra muy crítico con la aparición de las primeras doctrinas comunistas en España, puesto que “desvió a los anarquistas de su acción sindical” (p.84), y es cierto que el anarcocomunismo, por normal general, fue reacio al sindicalismo y la misma idea de Huelga, señalando Calero acertadamente uno de los posibles errores estratégicos de los primeros anarcocomunistas.

En la misma línea, estoy de acuerdo con el autor cuando afirma que “la historiografía ha simplificado estos debates estableciendo una dicotomía entre el proletariado catalán, más sindicalista y moderado, y el campesino andaluz, más anarquista y exaltado” (p.83).

Sin embargo, a lo largo del texto difiero en un parámetro interpretativo, es el hilo que enlaza el ilegalismo de la década de los ‘70, la aparición del anarcocomunismo y su rechazo al sindicalismo, así como la disolución de la FTRE y aparición de la OARE en 1888, y finalmente los atentados de la década de los ‘90, como parte de una genealogía maldita a descartar en la historia del anarquismo.

A la OARE la analiza de manera simplificada, ya que el mismo Lorenzo en varias publicaciones entre 1886 y 1888, o Antoni Pellicer con, creo recordar, el “Anarquismo Societario” en las páginas de la revista Acracia, ya proponían reformas de la FTRE que fueron, al fin de cuentas, precursoras de la OARE y los Pactos de Unión y Solidaridad. Incluso si pensamos en los sectores aventinos de la FTRE, críticos con la extrema moderación de la FTRE en sus primeros años, así como abiertos también a reformas de la organización, encontramos señales que ayudan a explicar la evolución organizativa a partir de 1888, cuando la FTRE se disuelve en dos organizaciones (o tres, si pensamos en algunas figuras que mantuvieron en el tiempo a ciertos restos organizativos).

No estoy de acuerdo con Calero cuando reduce a la OARE a una unión de grupos anarquistas partidarios de la violencia revolucionaria, y que eso fuera el caldo de cultivo de grupos sin demasiada estrategia definida. Tampoco cuando afirma que “de los fantasiosos planes subversivos elaborados por organizaciones más o menos numerosas, se pasó a la acción individual de militantes aislados”.

En cualquier caso una diferencia interpretativa abierta a la discusión, que no empaña el conjunto de la investigación, pues ofrece otros apartados sobre Lorenzo más que interesantes, como sería, al final de la vida de Lorenzo, su papel en contra de los posicionamientos aliancistas en el contexto bélico de la I Guerra Mundial, lo que le acarreó diferir en el sentir con “los principales teóricos del anarquismo hispano: Ricardo Mella, Federico Urales y Fernando Tarrida del Mármol”, quienes eran seguidores de los planteamientos de Kropotkin, contrarios al militarismo germánico y partidarios de una alianza internacional en contra del mismo. En este sentido, Lorenzo seguirá la estela de Malatesta, Emma Goldman y Alexander Berkman, quienes defendieron los posicionamientos internacionalistas más antibelicistas.

Como idea final del texto de Calero, hay el hecho que Lorenzo fue una conexión entre los orígenes del anarquismo sindicalista de la FRE y el nacimiento de la CNT, siendo su figura una metáfora histórica del espíritu del anarquismo hispano, y una vida que justifica a mi entender que, por ejemplo, la actual fundación de la CNT dedicada a difundir la Historia y Cultura libertaria tenga, acertadamente, el nombre de Anselmo Lorenzo.

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