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De Chicago a Madrid, 1886-2007. El 11 de noviembre y sus conexiones con el presente

Me resulta curioso que el 11 de noviembre no sea hoy en día una jornada para recordar, reflexionar e incluso luchar, como sí son otras fechas como el 1 de mayo o el 8 de marzo. Sin embargo, si miramos al pasado comprovaremos que, por diferentes motivos, dicha fecha sí generó una marca en el recuerdo. Así que, a partir del repaso de algunos hechos históricos ocurridos en dicha fecha, intentaré mostrar como algunas de las problemáticas que se plantearon en su momento aún, en estos inicios del siglo XXI, siguen presentes en nuestras sociedades, lo que daría motivo a pensar en la necesidad de no olvidarlas para tener una mejor comprensión de nuestro presente.

11 de noviembre de 1887: ejecución de los anarquistas de Chicago

En el contexto del movimiento obrero internacional del último tercio del siglo XIX la reivindicación de una jornada laboral de 8 horas diarias fue una constante. De hecho, en los Estados Unidos de América se marcó el 1 de mayo de 1886 como el inicio de una huelga indefinida con el objetivo de lograr dicha reivindicación.

Por entonces, cuando la clase trabajadora acudía a una huelga entendía que era un acto costoso para los intereses materiales de los y las huelguistas, más aún cuando se entendía que se debían de sostener durante días y no como un mero gesto simbólico de una jornada de duración, como suele ser habitual en nuestro presente, generando la idea bastante real que con un día de huelga no se tiene la capacidad de presión real para solucionar el conflicto originante de la misma. Sin embargo en el siglo XIX, pese a lo costoso que resultaba la táctica huelguística, también se era consciente de su capacidad transformadora en un contexto de días de duración.

Con esas premisas, la huelga empezó en los Estados Unidos el 1 de mayo de 1886 y perduró con fuerza en los siguientes días. En muchos lugares se llegó rápidamente a conseguir las 8 horas en varios sectores, como en Nueva York, Baltimore, Pittsburg, Washington, Saint Louis, Boston o Chicago. Incluso antes de la misma se llegaron a incorporar las demandas del proletariado en algunos ámbitos, las cuales básicamente pedían trabajar menos horas pero cobrando lo mismo.

Sin embargo, una conclusión histórica que debemos de tener en cuenta es que cuando se siente amenazada, parte de la clase dirigente no tiene reparos en reprimir con la máxima brutalidad a cualquier tipo de disidencia callejera. En este sentido y con sus matices, hoy en día las cosas siguen siendo similares.

“Cuando se siente amenazada, parte de la clase dirigente no tiene reparos en reprimir con la máxima brutalidad a cualquier tipo de disidencia”

De hecho, en ciudades como Chicago el conflicto durante la huelga fue máximo. Gran parte de la clase trabajadora de la ciudad participó en los paros y salió a la calle para reivindicar sus derechos y ansias de una sociedad mejor. En dicho contexto, una de las más importantes fábricas de la zona, la McCormick’s Reaper Works, dedicada a la maquinaria agrícola, permanecía funcionando gracias a la mano de obra de “scabs”, conocidos por las tierras peninsulares como “esquiroles“. Ante dicha situación los huelguistas decidieron el día 3 de mayo acudir en un piquete para detener la producción de dicha factoría. Unas 3000 personas participaron en el mismo y ante la presencia de policías y agentes privados de la Agencia Pinkerton, se iniciaron unos violentos enfrentamientos que ocasionaron un número indeterminado de muertos y personas heridas.

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Con los ánimos aún calientes, diferentes mítines y actos de protesta se sucedieron en Chicago durante la jornada del 4 de mayo. En uno de ellos, de carácter pacífico, se realizaron varias intervenciones de las máximas figuras conocidas de las organizaciones convocantes al paro, la mayoría de ellos militantes de la IWPA, una organización de tipo internacionalista, revolucionaria y abierta a la participación de mujeres y miembros de etnias minoritarias en los Estados Unidos. A nivel ideológico sus integrantes se podrían encuadrar dentro de las filas del anarquismo y del marxismo, al tiempo que se les puede considerar igualmente precursores del anarcosindicalismo y del sindicalismo revolucionario.

Durante dicho encuentro las fuerzas policiales decidieron cargar contra las personas concentradas, provocando nuevas víctimas, aunque en esa ocasión, desde las filas de los manifestantes se lanzó una bomba que hirió y mató a policías. Este hecho inició una caza de brujas que provocó la detención de los oradores en el mítin, así como un juicio que condenaba a unas ideas y no los actos personales de unas personas. El resultado final fue el ahorcamiento de los principales líderes del movimiento en Chicago el 11 de noviembre de 1887.

Dicha fecha a partir de entonces pasó a ser recordada por el movimiento obrero internacional como recordatorio que la llamada “Lucha de Clases“, más que una construcción teórica, era parte de la realidad cotidiana de millones de personas. En dicho contexto, la mayoría del movimiento obrero no se debatía entre el uso de tácticas pacíficas o violentas, era consciente que la burguesía y los estados utilizarían la violencia política para conservar sus privilegios y que, como herramientas de lucha, la huelga general, especialmente la de tipo revolucionaria, la autodefensa y el ataque, eran parte de los recursos que los oprimidos y oprimidas del mundo tenían a su alcance. No en vano, sólo hay que recordar las palabras de Albert Parsons, uno de los ejecutados, sobre la violencia política durante su juicio:

“El fusil ha sido un descubrimiento que ha democratizado al mundo, poniendo al pueblo en condiciones de luchar contra los aristócratas y los poderosos. Hoy la dinamita realiza el mismo fenómeno porque implica la difusión del poder, porque hace a todos iguales. Los ejércitos y la policia no significan nada ante la dinamita. Nada pueden contra el pueblo. Así se disemina la fuerza y se establece el equilibrio. La fuerza es la ley del universo; la fuerza es la ley de la Naturaleza, y esta nueva fuerza descubierta hace a todos los hombres iguales, y por tanto libres” [Fuente. Biblioteca Virtual Antorcha].

11 de noviembre de 1918. Fin de la Gran Guerra

A las 11 de la mañana del 11 de noviembre de 1918 se ponía fin a 4 años de guerra que habían enfrentado a las potencias mundiales capitalistas entre sí por el control territorial de Europa y de sus respectivos o potenciales territorios coloniales. El balance de víctimas se contabilizó por millones, 17 en total. Y como las desgracias no venían solas, indirectamente el conflicto sirvió para propagar la epidemia de “Gripe Española” que acabó con entre el 3% al 5% de la población mundial.

En dicho tiempo y volviendo a la contienda, también se plasmaron los efectos de la II Revolución Industrial aplicados a la guerra, con la aparición de aviones, tanques, armas químicas, nuevas ametralladoras y otras armas más mortíferas que cualquier otras conocidas hasta la fecha. Finalmente, en el contexto bélico internacional, el Imperio Ruso se desmoronó y abrió paso a lo que se conocerá unos pocos años después como la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS).

Para el movimiento obrero internacional la situación en Rusia fue vista en sus inicios y dadas las dificultades de comunicación con el territorio, como un rayo de esperanza. Por primera vez en época contemporánea un movimiento obrero revolucionario había logrado permancer en el tiempo ejecutando la supuesta destrucción del Capitalismo. Con los años ya llegarían voces críticas desde el obrerismo frente a las políticas de los bolcheviques, pero a partir de entonces el marxismo pasó a ser el gran enemigo del liberalismo capitalista internacional: el mundo se dividirá en dos bloques, aunque el proyecto soviético acabaría sucumbiendo frente al Capitalismo en las últimas décadas del siglo XX.

Ahora bien, pensemos en la Gran Guerra de nuevo y otras consecuencias de la misma, quizá no tan destacadas a priori pero que seguramente nos sirven igualmente para entender el mundo actual. En este sentido me gustaría pensar en el fenómeno de las identidades nacionales.

La Gran Guerra fue la muestra que, pese a que durante décadas el movimiento obrerista revolucionario había tenido una identidad internacionalista y/o cosmopolita, en 1914 gran parte del mismo había asumido las ideas nacionales como identidad propia.

Los nacionalismos hasta entonces habían sido unos movimientos que apenas hundían sus raíces a 100 años atrás en el tiempo, con la construcción de las identidades nacionales al abrigo de la lucha entre Liberalismo y Antiguo Régimen. En resumidas cuentas, el nacionalismo a inicios del siglo XX era un conglomerados de ideas que separaban a las poblaciones unas de otras en base a ciertos criterios esencialistas, como pertenecer o no a una raza, hablar o no una lengua, profesar o no una religión, etc. Todo ello adornado con una interpretación del pasado que reflejaba la idea de una historia compartida dentro de un territorio por cada nación en particular, con sus mitos fundacionales y sus peculiaridades que las distinguían de otras. En la práctica, el nacionalismo como identidad servía a los estados del mundo para justificar su dominio en aquel presente, al tiempo que servía también como reclamo movilizador de la población que, por los motivos que fuesen, deseaban crear uno nuevo.

Los sistemas educativos, la masificación y popularización de la prensa escrita, la misma propaganda de lo estados y su discurso de los estados-nación, e incluso por el propio desarrollo del sistema capitalista, hizo que el obrerismo internacional, no sin excepciones y pervivencias del binomio internacionalismo y/o cosmopolitismo en ese tiempo, se decantase por las identidades nacionales. En Alemania, el marxista por entonces SPD aprobó los presupuestos militares destinados a la contienda (aunque existieron oposiciones internas y externas), en Francia gran parte del proletariado participó de la llamada “Unión Sagrada“, que los situaba en la defensa de la nación francesa ante la agresión alemana y, al tiempo, los aliaba con sectores antagónicos desde una perspectiva de clase. Metafóricamente, si en 1871 París ardía por un movimiento que empezaba a preconizar el internacionalismo y la superación de la idea de patria, en 1914 lo haría por el ardor patriótico de sus habitantes, especialmente los jóvenes.

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La irrupción y asentamiento de las identidades nacionales fue un hecho. La llamada nacionalización de las masas, con diferente fuerza y éxito según el territorio, pero en todos ellos de manera inexorable, había arraigado en las conciencias de la mayor parte de la población. Ante esto, no deben de resultar extraños ciertos planteamientos que se produjeron incluso dentro del anarquismo, como el llamado Manifiesto de los 16 (1916), el cual estaba encabezado por ilustres nombres cosmopolitas como Piotr Kropotkin o Jean Grave, máximas figuras del anarquismo internacional por entonces. Mediante el manifiesto y otros escritos, esta parte del acratismo afirmaba que ante el contexto bélico era preferible posicionarse a favor del nacionalismo de Francia y otros estados liberales con tendencia a la Democracia, frente a la agresión del nacionalismo militarista alemán y sus consecuencias futuras en caso de victoria, aunque eso significase, en los inicios de la contienda, posicionarse a favor de la Rusia Zarista, la cual era una muestra de la pervivencia del Antiguo Régimen en pleno siglo XX.

En cualquier caso, existía la idea que no todos los nacionalismos eran igual de lesivos y que, ante el devenir histórico y el hecho de la existencia de dichas identidades, había que tomar partido por las causas que podían beneficiar al progreso humano. En base a esa premisa y aún reconociéndose poco partidarios de la idea de Patria, tomaron posicionamiento ante la situación bélica y optaron por apoyar a una serie de “naciones” frente a otras.

Por su parte, el marxismo internacional también se mostró en similar tesitura durante la contienda, y ya tras la misma, conforme se fue estabilizando en el tiempo la revolución soviética, se fomentó la nacionalización de las masas. Años atrás figuras claves del proceso, como Lenin o Stalin, habían aceptado la existencia de las identidades nacionales, y pese a que no perdieron sus aspiraciones internacionalistas, sí que pensaron que, para llegar a dicha finalidad y en un contexto identitario como el ruso, con diferentes movimientos nacionalistas en expansión y con la pervivencia de identidades aún arraigadas en el Antiguo Régimen (religiosas, mitificadoras de la figura del Zar o Zarina, etc), había que desarrollar el discurso nacionalista como paso previo a un auténtico internacionalismo.

Visto en perspectiva, quizá fue un error del determinismo historicista de aquellas figuras de antaño, ya que no se llegó a una sociedad internacionalista y el marxismo, tanto en la URSS como en otros estados del mundo, durante el siglo XX consolidó el mundo actual de los estados-nación y se dieron pocos pasos para alcanzar una sociedad comunista que, al fin de cuentas, no es más que una sociedad organizada desde abajo y sin estructuras estatales más allá de las construidas desde un confederalismo de abajo a arriba.

A día de hoy no deja de ser sintomático que en lugares como Cuba se grite más alto aquello de “Patria o Muerte” que loas al internacionalismo, o que en lugares de América Latina, movimientos como el Bolivariano, mezcle tan alegremente vocablos como Socialismo, Patria e incluso referencias religiosas, configurando una identidad, al fin de cuentas, nacionalista. Y si pensamos en España y en figuras como Errejón, vemos inútilmente a gente de izquierdas intentando revivir el cadáver del nacionalismo español progresivo en un contexto de hegemonia de la ranciedad nacionalista española.

Visto en perspectiva, el fin de la contienda de 1914 a 1918 nos sirve para reflexionar sobre el poderío de las identidades nacionales, las cuales son, pese a quien le pese, el principal eje vertebrador de identidades en el mundo contemporáneo.

11 de noviembre de 1919. La Masacre de Centralia, Washington, EUA.

La expansión capitalista había provocado la fundación de Centralia en el estado de Washington en el siglo XIX. Parada de hasta 5 lineas de ferrocarril y con conexión fluvial, hicieron de esta población un lugar propicio para el desarrollo industrial pero también para el conflicto de clases.

La sociedad estaba dirigida por una oligarquía que controlaba la economía y la política. La extracción de carbón, ser nudo de transportes y, especialmente, la industria maderera, nos sirven para entender algo más a esta población que, visto con los ojos del presente, se desarrolló destruyendo del medio natural que le rodeaba para el beneficio económico de unas pocas familias.

La existencia de esta oligarquía generó necesariamente una sociedad clasista. En lo alto de la jerarquía estaba una minoría hombres blancos propietarios, de orígenes familiares anglosajones y protestantes. Otros blancos, no tan propietarios, les seguían en el escalafón. Tenían una concepción patriarcal de la familia, defendían los valores tradicionales y hacían gala de un profundo patriotismo yanqui.

Frente a esa clase se configuró la trabajadora, conformada por las familias que malvivían directa o indirectamente de las diferentes industrias que se concertaban en dicho municipio: migrantes de primera o segunda generación, la mayoría sin raíces anglosajonas, negros y negras históricamente discriminados en los Estados Unidos, blancos y protestantes pobres y sin derecho a voto por carecer de residencia fija, trabajadores temporales que viajaban escondidos en trenes, entre un largo etcétera de desheredados de la tierra, configuraron la clase antagónica en Centralia, quienes, entre otras organizaciones, se agruparon allí en el seno de la Industrial Workers of the World (IWW), organización sindical y revolucionaria, con cabida a diferentes escuelas de pensamiento socialista (aunque predominó la vertiente anarquista).

En cuanto a identidades, si nos plantamos en noviembre de 1919, es fácil comprender que pensaba la oligarquía local y sus jóvenes patriotas, muchos de ellos veteranos de la Primera Guerra Mundial, ante la situación de conflictividad social que se vivía en Centralia. Pensaban que los obreros migrantes y pobres en general eran peligrosos y estaban siendo atraídos por las ideas disolventes provinientes de Rusia. La IWW era para esta parte de la población un enemigo más de la patria. Habían luchado en Europa por los valores del liberalismo y pese a la victoria contra otras potencias, la guerra había acrecentado otro enemigo, con quien llevaban décadas en lucha: el de las ideas revolucionarias de corte socialista. Tenían, en cierto modo, miedo a perder sus privilegios y forma de vida. Y el enemigo, en este caso apátrida y revolucionario, era fácil de señalar.

En dicho contexto, aprovechando que se celebraría para el 11 de noviembre de 1919 un desfile en honor al armisticio que ponía fin a la Gran Guerra, patriotas americanos, muchos de ellos armados y veteranos de la guerra, decidieron atacar la sede local de la IWW, en donde varios activistas se parapetaron para defenderla, puesto que ya había sido ya atacada en ocasiones anteriores con la complicidad de las autoridades políticas y económicas locales.

Ese desfile ocasionó la llamada Masacre de Centralia en contra de la IWW, un episodio que pasó hace justo 100 años y que a día de hoy ocupa un lugar marginal en los estudios históricos. Sobre el suceso en sí mismo, fue una muestra de la extrema violencia política que se vivía en el mundo desarrollado a inicios del siglo XX, tal y como escribí en su momento en el artículo anteriormente enlazado en este párrafo:

En el desfile, con presencia de la Legión Americana, veteranos de guerra, Boy Scouts, enfermeras y trabajadores de la Cruz Roja, vecinos patriotas de Centralia, así como miembros del antagónico Elks Club y su banda de música, se inició sin incidentes. Sin embargo se pararon delante del Roderick Hotel, en donde se encontraba el Hall de la IWW. Dirigidos bajo las órdenes de Warren O. Grimm, los manifestantes empezaron a disparar al edificio.

Los wobblies ante la situación también respondieron con disparos parapetados desde el interior. Durante esos momentos de confrontación, Grimm y otro asaltante, Arthur McElfesh resultaron muertos, así como otros heridos. Aún así, menos de una decena de miembros de la IWW habían decidido oponer resistencia ante un ataque, y dada la superioridad de la marcha, éstos lograron entrar.

Acorralados dentro del Roderick Hotel, cuatro wobblies se quedaron parapetados en el interior del edificio, mientras que otros lograron escapar de él. El activista Wesley Everest, curiosamente un antiguo veterano de la Gran Guerra, antes de salir del edificio, logró presumiblemente un certero y mortal disparo contra el asaltante Ben Casagrande.

Everest continuó con su huida hasta llegar al río Skookumchuck, en donde fue rodeado por un grupo de patriotas americanos. Pese a que Dale Hubbard encañonó con una pistola a Everest pidiendo su rendición, el wobblie respondió con otro disparo que causó la muerte de Hubbard, y otro más que hirió de gravedad a John Watt. De hecho Everest no fue capturado hasta que vació su cargador.

La turba que por entonces ya había destrozado el local wobblie, logró detener a los resistentes revolucionarios y a algunos otros reconocidos activistas obreros: Mike Sheehan, Ray Becker, Bert Faulkner, John McInerney, John Lamb, Dewey Lamb y O.C. Bland. En el caso de John Doe Davis, de su paradero nunca se supo, quizá se fugó, o tal vez fuese asesinado.

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Wesley Everest

Tras el suceso, la IWW fue expulsada del territorio y sus miembros puestos bajo sospecha, siendo nuevamente una muestra de la capacidad punitiva que los estados liberales han ejecutado a lo largo de su historia para controlar a la población.

También fue una muestra que bajo el amparo del patriotismo movimientos reaccionarios terminan dominando los sistemas liberales. Aunque también sucesos como los de Centralia demuestran que, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo de extrema derecha se radicalizará hasta permutar en el Fascismo en sus diferentes formas (con dicho nombre en Italia y otros lugares, nazismo en Alemania, nacional-catolicismo en España, etc.). ¿Y por qué se radicalizó la derecha? Pues porque gran parte de las élites mundiales vieron que, bajo el amparo de los sistemas liberales, con población con derechos y deberes, resultaba difícil mantener la paz social ante las demandas de sociedades más horizontales vindicadas por diferentes movimientos revolucionarios con seguimiento social. Tenían miedo a la revolución y reaccionaron mediante la violencia política.

Pensemos hasta la Segunda Guerra Mundial en Italia y el nacimiento y auge del fascismo, en la alemania Nazi y el Holocausto, en el imperialismo japonés y sus desmanes en el Pacífico, o en la misma contienda bélica que mató a millones de personas y finalizó con un par de bombas nuclearies,  para comprender lo que acarrea el auge del pensamiento nacionalista exacerbado y de tintes conservadores.

Tampoco hay que olvidar otro dato, planteado ya por gran parte de la historiografía existente y que leí en su momento de la mano de Alejandro Andreassi en su libro “Arbeit macht frei“, cuando nos recordaba que, desde la perspectiva capitalista, es factible funcionar tanto bajo una democracia como en una dictadura. En ambos ambientes la economía terminará siendo el motor de fondo de la sociedad. En ambos sistemas políticos, si es que no lo planteó ya Andreassi u otros investigadores, añadiría que el discurso utilizado para lograr esa preeminencia del beneficio económico y la jerarquización social contra cualquier otra alternativa fue el del nacionalismo.

En síntesis, y como idea que aún hoy en día es aplicable a nuestro entorno: si el sistema económico entiende que sus privilegios están en peligro, para mantenerlos estará dispuesto a implantar prácticas violentistas en la calle, en forma de represión o fuerzas de choque patrióticas, llegando a fomentar en casos graves la aparición de dictaduras que acaban con ciertos pilares del liberalismo político.

Hoy, en los inicios del siglo XXI la confilictividad social global es elevada, y aún hay mucha burguesía que tiene miedo a perder sus privilegios, a ver variar sus formas de vida ante el avance de conceptos como el feminismo, el ecologismo, la justicia social o el antiracismo, una burguesía que, amparándose en la idea de patria, moviliza a la población, incluso la trabajadora, en beneficio de unos pocos. Ciertas dosis de populismo, señalar a enemigos de la Patria, banderas, muchas banderas, exaltación de pasados míticos, apelaciones a las tradiciones, vocablos acusatorios como “feminazis”, negar el cambio climático o culpar a los migrantes pobres de la falta de servicios sociales, sólo son parte de ese discurso temeroso pero dispuesto a plantar batalla. Donald Trump en Estados Unidos es ejemplo de ello, como lo es el crecimiento de partidos neofascistas y de extrema derecha a lo largo de Europa, siendo Vox, en el caso español, un ejemplo de lo planteado, como lo sería también Bolsonaro en Brasil o los descendientes políticos de Pinochet en Chile.

Conclusión: la derecha tiende hacia el fascismo cuando tiene miedo a perder sus privilegios. En dicho viraje, no dudará en utilizar la violencia política y, llegado el caso, implantar dictaduras.

Vídeo: Local de la IWW en Centralia tras el ataque del 11 de noviembre de 1919

11 de noviembre de 2007. El asesinato de Carlos Palomino en Madrid

Nos situamos en Madrid, la capital de España y, pese a la existencia de una cultura política antifascista y de izquierdas, es a día de hoy una de las mayores canteras de votantes derechistas y de existencia de grupos de extrema derecha. La numerosa presencia de medios policiales y del ejército, dada su condición de capital estatal, la existencia de un  alto funcionariado de pensamiento conservador, la residencia en la comunidad de gran parte de las familias más adineradas del estado, entre otros factores, explican la fuerza de la derecha en esas tierras del centro peninsular. Igualmente, si pensamos en la nacionalización de las masas, la mayoría de la población se siente identificada con la bandera rojigualda, aunque perviva cierta conciencia identitaria de las izquierdas de talante republicano-española, cierta notoriedad de anarquistas así como una presencia marginal de sentimientos nacionalistas castellanistas.

En dicho contexto el 11 de noviembre de 2007 el partido fascista Democracia Nacional solicitó hacer un mítin encaminado a difundir su discurso. Esperanza Aguirre, del derechista Partido Popular y por entonces Presidenta de la Comunidad de Madrid, autorizó el acto. En respuesta al mismo se convocó una manifestación antifascista.

Aunque el acto de Democracia Nacional se celebró y hubo gente que acudió a la manifestación antifascista, el principal suceso para recordar vino dado por un incidente en el Metro de Madrid. Josué Estébanez de la Hija fue el protagonista, un militar del Ejército de Tierra destinado en Pozuelo, Madrid, nacido entonces hacía 23 años en Galdakao, Vizcaya, en el seno de una familia católica y conservadora. Josué era un habitual de los ambientes nazis de la capital del estado, así que presumiblemente se encontraba en el Metro de camino al acto de Democracia Nacional. Tenía estética “skin” y lucía una camiseta de una marca asociada a los grupos de extrema derecha.

En la estación de Legazpi un grupo numeroso de antifascistas esperaban entrar en el metro en donde Josué estaba. Ante dicha situación el militar sacó una navaja de considerable tamaño y la amagó para disimularla. En el vagón empezaron a entrar activistas antifascistas que, rápidamente, se percataron de su presencia y en algunos casos de que llevaba una navaja. Un chico de 16 años, de Vallecas y con militancia antifascista, Carlos Palomino Muñoz, entró en el vagón y recriminó al fascista, respondiendo éste con un navajazo en el pecho de Carlos, quien acabaría muriendo a consecuencia del mismo. El joven Josué se encaró con otros antifascistas y repitió sus agrresiones, hasta que finalmente, cuando intentó huir por estar acorralado, acabó apalizado por parte de los jóvenes que le perseguían. Desde entonces, y estando actualmente Josué condenado por un asesinato de odio, la figura de Carlos Palomino es recordada, destacando en este sentido también el activismo de su madre, Mavi Muñoz, quien milita en la lucha antifascista y es impulsora de una asociación de víctimas del fascismo, la homofobia y otras formas de odio.

Josué Estébanez durante su juicio y ante la pregunta de por qué lo hizo, no se decantó por afirmar que, en el fondo, odiaba a esos chavales y no le importaría verlos muertos. Afirmó que tenía miedo. Confundió la causa con la consecuencia.

Entre las mentes reaccionarias existe el miedo, porque saben que su visión del mundo se mantiene en base a la fuerza y son plenamente conscientes que son minoría. Josué se sintió acorralado, tenía miedo y actuó con temor, pero bajo la inspiración del odio. Lo hizo de igual modo que los asaltantes al local de la IWW en Centralia en 1919, algunos de los cuales murieron, el mismo miedo que sintieron en las trincheras los soldados voluntarios y nacionalistas durante la Gran Guerra, el mismo miedo que sintieron, mientras reprimían, los cuerpos policiales ante el lanzamiento de la bomba en la plaza Haymarket el 4 de mayo de 1886.

Conclusión que se podría aplicar a nuestro presente: los elementos más reaccionarios de la sociedad suelen destacar por el uso de la violencia política, aunque su miedo es indicativo de la potencial fuerza que pueden tener las disidencias más progresivas.

Algunas reflexiones finales

Mirar al pasado sirve para comprender o interpretar, cuanto menos, la sociedad presente. Pensando en las 4 efemérides creo que el auge de la extrema derecha está para quedarse. La violencia del sistema contra la masa ciudadana educada bajo los parámetros del liberalismo político irá creciendo. Y cuando la respuesta en la calle sea contundente, como actualmente está pasando en algunas latitudes como Chile, el estado aplicará estados de guerra, hechando el ejército a las calles y volverán a resonar las campanas de dictaduras pasadas.

Otra reflexión es la derivada del nacionalismo y la problemática que suponen en el contexto de construcción de sociedades más justas. La lógica nacionalista en la Historia ha servido para aupar y justificar a la derecha y extrema derecha, mientras que los proyectos más progresivos en lo nacional han servido para aniquilar, visto en perspectiva, con la alternativa identitaria del internacionalismo/cosmopolitismo. Al final el nacionalismo ha resultado ser más un freno que una herramienta útil para construir una sociedad más justa. Y con esto no pretendo igualar a todos los nacionalismos entre ellos, o menospreciar interpretaciones cuanto menos progresistas existentes en el seno de los movimientos nacionalistas, más bien remarcar que aún, en pleno siglo XXI, sería necesario su superación como identidad. ¿Cómo? Pues no lo sé, pero entre las propuestas existentes destacaría las relativas al confederalismo democrático del histórico movimiento kurdo ligado al PKK, con presencia fuerte en Turquía y el norte de Siria.

En el terreno identitario, pese a que el movimiento históricamente se pueda encuadrar dentro del marxismo partidario de los movimientos de liberación nacional posteriores a la Segunda Guerra Mundial, ha virado hacia unas interpretaciones que recuperan ciertos parámetros internacionalistas y cosmopolitas. Es lo que denominan como Confederalismo Democrático y suma planteamientos provinientes del marxismo y el anarquismo. Una de sus máximas, precisamente, es dejar de lado la lógica contemporánea de los estados-nación, buscar la creación de sociedades autogestionarias y con capacidad de autodefensa, no fomentar los sentimientos nacionalistas y crear en oposición una sentimiento de pertenencia a una sociedad en la que se participa y decide. Igualmente, en cuanto a otros detalles, el confederalismo no se centra únicamente en la clase social, ya que se muestra partidario de la llamada interseccionalidad de las problemáticas sociales, poniendo como enemigo común a sus ideas a las políticas de los estados-nación, la existencia del patriarcado, las desigualdades sociales o el ataque ecológico al medio ambiente.

Con todo lo planteado, quisiera acabar con una reflexión sobre la situación en Catalunya, en donde tras la sentencia contra los presos políticos independentistas las protestas violentas se han sucedido en la calle. Aunque la causa de fondo es eminentemente nacionalista y en sí misma sea una causa, como todas las nacionales, de escasa trascendencia para el progreso social, lo cierto es que también la calle está rebasando los límites pacifistas y objetivos que, hasta ahora, los líderes del “procés” habían situado como eje vertebrador del movimiento. De hecho, quienes más están luchando en las calles son jóvenes, muchos de ellos y ellas (porque hay fuerte presencia femenina), sin ni tan siquiera con la edad de poder votar.

Han crecido en el contexto del aumento del cerco represivo del estado español en tierra catalanas, son la generación que ha visto como apalizaron a sus padres, madres, abuelas y abuelos en el referéndum del 1 de Octubre de 2017, que han crecido viendo que con un movimiento eminentemente pacifista el estado ha optado por la represión y la violencia. Y son conscientes, también, que los poderes vigentes tienen miedo a la población que no obedece lo dictado por la mayor parte de los medios de comunicación. Y su futuro, con y sin formación, es más negro que blanco.

Son conocedores que en Ecuador, Chile, Siria, Irak, Francia, Hong Kong y otros lugares del globo, la lucha y enfrentamientos en las calles logran transformar la realidad y frenar las consecuencias más nefastas de la expansión capitalista y/o auge del conservadurismo. También empiezan a comprobar que la clase política, incluso la que se dice representativa de ellos, es normalmente traidora a las promesas que hicieron.

Lástima que la causa primigenia sea aún un movimiento interclasista como el nacionalismo, aunque esto no debe de ser tampoco una problemática entre los no nacionalistas de verdad (internacionalistas y/o cosmopolitas), para no posicionarse ante un contexto global de auge de las ideas conservadoras, destrucción del medio, existencia del machismo y de una violencia económica neoliberal amparada por los golpe de las porras, impactos de pelotas de goma y uso de gases lacrimógenos. La represión en Catalunya va más allá de la lógica de nacionalismos peleándose entre ellos, es un paso más en la creación de sistemas liberales en donde serás libre siempre y cuando no estés dispuesto a serlo.

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